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¡2014 a la Vista!

Semanario Búsqueda, Jueves 23 de febrero de 2011

Suele decirse que la mayoría de los países latinoamericanos vive en campaña electoral permanente. Salvo en el primer año de un nuevo gobierno, donde a menudo rige una especie de luna de miel, con un repliegue táctico de los partidos, en el resto del tiempo las miradas y las acciones no dejan de estar enfocadas en la próxima elección presidencial. Uruguay no se escapa a dicho proceso. Así ha quedado demostrado en las últimas semanas, tras la predisposición evidente mostrada por el ex presidente Tabaré Vázquez a ser nuevamente candidato en los comicios de 2014. Aunque lo deje perplejo, ya se largó la carrera presidencial. O mejor dicho, simplemente se reinició, luego de un breve paréntesis.

Como es habitual, este nuevo ciclo electoral conlleva posicionamientos políticos, ideológicos y económicos. Todos los actores irán definiendo su ubicación en base a sus convicciones, la evolución de las preferencias de los votantes y el contexto general del país. No es la idea abordar aquí temas que son propios de analistas y cientistas políticos, sino imaginar el escenario económico que nos acompañará y su influencia en el ciclo electoral.

Hay dos grandes conclusiones que emergen de esta especulación. Primero, es altamente probable que la bonanza se extienda por un tiempo más. Si bien no estaremos exentos de turbulencias y volatilidades, como bien lo han reflejado desde 2009 las crisis de Dubai, Grecia, Irlanda, otros países europeos y últimamente en Medio Oriente, los riesgos de un deterioro severo del escenario externo e interno parecen aún lejanos. Los típicos detonantes de grandes ajustes no deberían irrumpir mientras las economías desarrolladas no alcancen el pleno empleo o normalicen sus tasas de interés. Falta para eso.

Que el buen clima nos acompañe por algunos años tiene dos consecuencias. Por un lado, le permitirá al gobierno seguir cosechando buenos resultados económicos, al prolongarse el ciclo de crecimiento, bajo desempleo y expansión salarial. El viento de cola para la economía también lo será para el oficialismo, siempre y cuando no veamos un desborde inflacionario que deprima las expectativas de los consumidores y socave la aprobación gubernamental. Por otro lado, el buen clima también representa una gran oportunidad de siembra económica con el objetivo de obtener mejores rendimientos en tiempos más adversos. No podemos repetir los errores del pasado.

La segunda gran conclusión es que el buen clima no será eterno. Es casi seguro que el mundo volverá a enfrentar una gran crisis antes de 2020. Aunque nada puede concluirse en base al tamaño de los ciclos anteriores, lo cierto es que durante el último medio siglo hemos estado expuestos a grandes crisis económicas en el entorno de los cambios de décadas, aproximadamente cada 8 o 9 años. A principios de los ’70 fue la crisis de Bretton Woods y del petróleo, luego vino el apretón de tasas de Estados Unidos y el colapso de América Latina en 1982, el desplome de Japón a inicio de los ’90, el ajuste de Asia y Rusia en 1997-98, el pinchazo de la burbuja tecnológica en 2000 y finalmente la crisis inmobiliaria en 2008-2009. En contraste con ésta última, cuyo epicentro estuvo ubicado en los países desarrollados, la próxima podría estar concentrada en los emergentes, con un impacto bastante más significativo en América Latina y Uruguay. La gran duda es si emergerá en el actual período de gobierno (antes de 2015) o durante el siguiente quinquenio (2015-2020).

Ante este eventual escenario económico -buen clima por un tiempo y luego una crisis-, ¿qué deberían promover los precandidatos presidenciales que van apareciendo? ¿Qué valorarían los uruguayos? ¿Qué sugiere la experiencia de otros países?

Es indudable que hoy existe un mayor respaldo ciudadano a la estabilidad económica y una gran aspiración a mantener el alto crecimiento con baja volatilidad, sin ajustes tan abruptos y costosos como los de 1982 o 2002. Por lo tanto, independiente de la expectativa sobre el momento de la próxima crisis, ya sea antes o después de 2014, los incentivos están puestos en forma transversal, desde el oficialismo a la oposición, para edificar pilares más sólidos que eviten dichos ajustes. Los precandidatos que adopten esa posición pueden verse muy beneficiados: no sólo irán ganando apoyo ciudadano, sino que además se favorecerán de esos mejores cimientos en su potencial gobierno. Tal cual. Eso es lo que lo indica la experiencia chilena del último quinquenio. Con el tiempo, la población comenzó a valorar más la siembra que la cosecha. Así lo habían entendido en su momento la ex presidenta, Michele Bachelet y su Ministro de Hacienda, Andrés Velasco. Quedaron prácticamente solos jugándose por ahorrar en los “períodos de vacas gordas”, pero también fueron los únicos en recibir el reconocimiento ciudadano en tiempos adversos. Y así también lo entendió la oposición de centroderecha que, al privilegiar los consensos y apoyar “las buenas políticas”, por sobre el disenso irrestricto, logró consolidar una mayoría ciudadana.

Como en Chile, en el Uruguay que viene, la siembra consensuada también puede rendir buenos frutos.

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