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Reactivación y mercado laboral: ¿la vieja normalidad?

El País

La recta final de 2021 parece confirmar algunas tendencias en materia de actividad económica y mercado laboral en Uruguay. La más importante es que -durante el último año y medio- desde la irrupción de la pandemia su desempeño estuvo previsible y estrechamente ligado a la evolución de la situación sanitaria y las restricciones sectoriales. Durante el tercer trimestre la movilidad mostró un fuerte rebote, ubicándose ahora en niveles similares a los observados antes de la pandemia, según el índice promedio para el país basado en datos de Google.

Acorde a lo esperado, la principal política reactivadora de Uruguay fue la vacunación para lograr la inmunidad mayoritaria y seguirá siéndola para consolidarla, sobre todo por los acotados espacios disponibles en materia fiscal y monetaria. Como está quedando demostrado en varios países de la región, una gran expansión de gasto público era posible en 2021, pero a costa de tener que ajustarlo ahora, creciente endeudamiento con rebajas en calificación crediticia, fuerte aceleración inflacionaria y alzas en las tasas de interés.

En materia de actividad, si bien la recuperación ha tenido “forma de K”, con gran heterogeneidad sectorial, varios indicadores coincidentes y líderes del ciclo económico, apuntan la recuperación entre septiembre y este último cuarto del año del nivel de PIB prepandemia.

En la industria, durante el tercer trimestre, el núcleo manufacturero habría crecido 3% desestacionalizado versus el segundo y cerca de 14% interanual, ubicándose en su mayor nivel desde 2017.

El agro continúa marcado por el buen desempeño de la ganadería bovina y los cultivos de invierno, mientras que la construcción sigue favorecida por las obras de la tercera planta de celulosa.

Los servicios -que incrementaron su participación en las nuevas Cuentas Nacionales- habrían acelerado su recuperación durante los últimos meses por la mayor movilidad y la normalización de algunos rubros. Esto mismo ha seguido favoreciendo al comercio como lo sugiere el crecimiento adicional del IVA y el rebote en la confianza de los consumidores, que prácticamente abandonó el pesimismo durante septiembre.

Como resultado, el PIB habría continuado su recuperación durante el tercer trimestre, con cierta aceleración en el crecimiento intertrimestral y la mejor perspectiva para el año en su conjunto.

En cuanto al mercado laboral, son bien conocidas ciertas regularidades que vale recordar para una correcta evaluación de sus tendencias.

Primero, el comportamiento del empleo y otras de sus variables suelen ir algo retrasado al ciclo económico. No son indicadores líderes, ni siquiera 100% coincidentes con la actividad, sino que suelen mostrar cierto rezago con el PIB. A menudo los empresarios esperan que se afiance la reactivación para acelerar la contratación de personal. Algo parecido sucede con la inversión mientras existe capacidad ociosa.

Para el caso reciente de Uruguay, el número desestacionalizado de ocupados volvió en el tercer trimestre al nivel prepandemia, según la comparación referencial en las cifras del INE.

Segundo, en las salidas de las crisis se observa un fuerte aumento de la productividad por el mencionado desfase entre la recuperación del PIB y el aumento en la dotación de factores productivos. Eso es lo que está sucediendo actualmente en el mundo, potenciado por el impulso a La Cuarta Revolución Industrial.

En el caso de Uruguay, ello sucedió fundamentalmente en la reactivación del segundo semestre de 2020, pero con la reciente mejoría del empleo la recuperación de la productividad del trabajo aparece más acotada, promediando un crecimiento nulo en el promedio de 2021.

Tercero, el empleo suele moverse pari passu con el diferencial de crecimiento entre el PIB y los salarios reales, o lo que es equivalente los salarios reales crecen a la par de la productividad. También en este caso el ajuste no es instantáneo, sino que ocurre con rezagos variables. Así, la caída de los salarios reales durante el último año y medio estuvo asociada a la mencionada evolución de la productividad, por lo que debería empezar a revertirse gradualmente en los próximos trimestres.

Con todo, la economía sigue con holguras productivas, lejos de pleno empleo, como lo reflejan la capacidad ociosa total (brecha del PIB) o la tasa de desempleo. Hay una recuperación de los niveles agregados de PIB y ocupación, pero el retorno es a “una vieja normalidad” de fines de 2019 que reflejaba bajo crecimiento potencial y mucha mano de obra para absorber. Que la economía aún no esté funcionando a plena capacidad condiciona obviamente el desempeño fiscal, con menores ingresos y la velocidad de normalización monetaria.

Todo esto conlleva múltiples desafíos que profundizaré en próximas columnas. Pero a modo de titulares, cabe consignar la necesidad de subir el mediocre crecimiento potencial estimado en cerca de 2,5%, enfocar las políticas públicas en revertir la caída del empleo ocurrida de la pandemia e ir retirando adecuadamente los estímulos económicos (fiscales/monetarios) para no arriesgar más el grado inversor, ni el clásico rebote inflacionario. En todo esto, “esta normalidad” tiene algo de “nueva”, pero mucho de “vieja”.

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