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El mundo 2023 para emergentes: ¿será peor o mejor?

diciembre 26, 2022 Deja un comentario Go to comments

El País

2023 será un año “bisagra” para Uruguay, concluí en mi columna de inicios de octubre. Un concepto similar se ha estado usando para el desempeño de la economía mundial y sus consecuencias para países emergentes. Se habla de un año pívot. ¿Se consolidará la transición hacia un ciclo definitivamente adverso o sólo será un aterrizaje suave antes de un nuevo despegue?

Aunque con algunas diferencias, hemos seguido transitando estos “locos años veinte” con varias coincidencias respecto a lo observado hace un siglo. Problemas de oferta por una pandemia y una guerra, políticas expansivas de demanda, inflación asociada a todo eso, masificación de una revolución industrial, rotación en el liderazgo económico mundial, amenazas iliberales a las democracias occidentales, ascensos autocráticos e incluso similitudes más específicas. La historia no se repite, pero rima, diría Mark Twain.

En términos económicos concretos, algunos historiadores asemejan la gran contracción de 2020 a la de 1918, el rebote de 2021 al de 1919 y la desaceleración global de 2022 al estancamiento de 1920.

En efecto, en el año que termina la economía mundial estuvo impactada por la desaceleración de China, la invasión de Rusia a Ucrania, la mayor aceleración inflacionaria y el retiro adicional de los estímulos económicos globales. Con todo, el mundo siguió creciendo, aunque por debajo del promedio histórico, y los precios de las materias primeras se mantuvieron altos, por encima del promedio de la última década, pero con fuerte reducción de los márgenes de producción por aumentos de costos.

No fue el fin del ciclo iniciado con el rebote de la pandemia, pero claramente para los países emergentes hubo menos impulso que en 2021 desde Chimerica, China y “América”.

Desde China, que es clave en el canal de la demanda y los precios de los commodities, porque creció solo 3% debido a la desaceleración global y la prolongación de las restricciones por el Covid-19.

Desde Estados Unidos (“América”), base del canal financiero, el menor impulso provino de condiciones monetarias que se convirtieron en restrictivas y del consiguiente fortalecimiento global del dólar, todo lo cual encareció el costo de financiamiento externo, sobre todo para aquellos países con mayores vulnerabilidades.

Por supuesto que Europa, Japón y otras economías desarrolladas son relevantes en el desempeño global y local, pero que 2023 sea peor o traiga un reimpulso para los emergentes pasa fundamentalmente por Chimerica.

Desde ambos canales, durante el primer trimestre, el viento seguiría estando en contra, pero podría tornarse favorable a medida que avanza el año.

Al principio todavía veremos los efectos rezagados y contemporáneos de la desaceleración china aún impactada por el Covid y el alza adicional de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal. Con todo, en ambos desarrollos prevalece, además, un alto grado de incertidumbre sobre sus desenlaces.

Para China, la principales dudas pasan por su nueva tasa de crecimiento potencial (¿5%?), los problemas en el sector inmobiliario y la eventual reintroducción de restricciones a la movilidad asociadas a su política de “cero Covid” y lenta vacunación. Sin embargo, la propia desaceleración y las caídas en precios de commodities le han acentuado las presiones desinflacionarias que activarían nuevamente políticas expansivas de demanda.

Así, la reactivación china parece el escenario más probable impulsado por la baja tasa de interés referencial (2,75% o menos), nuevos estímulos fiscales (¿2% del PIB más?) y la reaceleración promovida para el crédito (tras su contracción de 2022).

En el caso de Estados Unidos, la gran duda pasa por el sacrificio adicional requerido en desaceleración económica y mayor desempleo para consolidar la incipiente moderación inflacionaria. Hasta ahora ha bastado un aterrizaje suave, sin gran deterioro del mercado laboral, ni en la actividad, para reducir la variación interanual del IPC, la que se acentuaría durante el primer semestre, y para afianzar las expectativas de inflación cerca de la meta de 2%. Esta reconquistada credibilidad parece descartar la necesidad de un aterrizaje duro y podría llevar a la Fed a pivotear en una tasa en torno de 5%, con un eventual relajamiento monetario hacia el último cuatrimestre de 2023, según anticipan los precios de mercado.

Alimentado los escenarios de nuestros países y otros emergentes con todo eso, las perspectivas parecerían pesimistas viendo por el retrovisor (los shocks pasados), pero mejores mirando por el parabrisas.

Al panorama más favorable desde Chimerica, por la reactivación China y una Fed no tan restrictiva, podríamos sumar cierto rebote de la Unión Europea, el acople a eso de Japón y Reino Unido, y la prolongación del dinamismo de parte de Medio Oriente e India. En ese contexto, cabría esperar cierta estabilidad global del dólar y hasta algún rebote de algunos precios de commodities.

Aunque los riesgos siguen siendo altos -rebeldía inflacionaria, guerra de Ucrania, algún otro “cisne negro”- quizás las sorpresas económicas para los países emergentes provenientes del entorno global sean más positivas que negativas. 2023 no traerá un boom como el rebote de 2021, pero tal vez sea mejor que 2022.

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