El boom de Inteligencia Artificial: efectos en el ciclo económico global
En qué fase estaremos del boom global en inteligencia artificial (IA) y robótica fue la pregunta que dejé planteada en mi columna anterior. Descifrarlo no solo es clave para especular sobre el ciclo alcista global de las tasas de interés de largo plazo, sino también sobre la evolución del resto de la economía y los precios de los activos.
Esta nueva revolución tecnológica está generando un fuerte aumento de la inversión en capital fijo a nivel global después de varios años de escaso crecimiento. En ese proceso se inscriben las inversiones en centros de datos, chips y semiconductores, capacidad energética para alimentar esa infraestructura, y en la robótica que promete transformar la manufactura y los servicios en la próxima década.
Estos ciclos de expansión de la inversión no son nuevos en la historia de la humanidad. También ocurrieron en las anteriores revoluciones industriales.
En la primera, durante los siglos XVII y XVIII, estuvieron destinadas a la mecanización textil, el desarrollo de la máquina de vapor y la construcción de canales y caminos que permitieron mover materias primas y productos a una escala hasta entonces desconocida.
En la segunda revolución industrial, a fines del siglo XIX y principios del XX, las inversiones se concentraron en el tendido ferroviario, la electrificación, la industria automotriz y la infraestructura para nuevos medios de transporte, que redefinieron la geografía productiva de Estados Unidos y Europa.
La referencia más cercana es lo ocurrido en los ’90. La revolución de internet y de las puntocom sirve de ejemplo por varias razones.
Primero, porque obviamente conllevó un boom de inversión en telecomunicaciones, fibra óptica, semiconductores y equipos informáticos, impulsado por empresas que buscaban anticiparse a la demanda de una economía en red que recién comenzaba a despegar.
Segundo, porque también fue acompañado de una burbuja bursátil que se pinchó en marzo de 2000.
Y tercero, por las connotaciones macroeconómicas que tuvo, que también sirven de referencia para el ciclo actual en términos de similitudes y diferencias.
Al igual que en esta década de los veinte, el aumento global de la inversión llevó en los ’90 a incrementos de las tasas de interés reales.
Tomando como referencia para la actualidad el boom de la bolsa e inversión tecnológica de los ’90, surge una comparación evidente. ¿En qué fase estaremos ahora? ¿En el inicio? ¿A mediados? ¿O cerca de un crash?
No parece que estemos como a principios de los ’90, cuando Estados Unidos estaba saliendo de la recesión que le dio el triunfo a Bill Clinton y tenía tasas de interés bajas para la época. Tampoco parecería que estemos al final de aquella década cuando el mismo boom había acumulado tasas de interés altas y dólar fuerte por varios años que engendraron crisis económicas y financieras por doquier en países emergentes.
Quizás 2026 se parece a 1996, cuando Alan Greenspan, desde la presidencia de la Fed, ya hablaba de exuberancia irracional, en medio de gran optimismo, pero todavía no de euforia. De hecho, hoy las elevadas ganancias de empresas como Nvidia y las hyperscalers marcan un contraste significativo con el escenario noventero de muchas promesas y escasas realidades.
Adicionalmente, desde la revolución tecnológica actual surgen algunas consideraciones que pueden ayudar a delinear el ciclo de la economía y los activos globales.
Por un lado, lo que impulsó una renovada y masiva inversión en esta Cuarta Revolución Industrial fue “el momento ChatGPT”, que globalizó la Inteligencia Artificial Generativa. Eso fue hace solo cuatro años.
Por otro lado, podríamos tener en robótica el equivalente al “momento ChatGPT” cuando los robots puedan interactuar entre sí con completa autonomía, sin ninguna participación de un ser humano y con una motricidad fina similar. Ahí se produciría el boom de la Inteligencia Artificial Física (Physical AI), que provocaría otro gran impulso a la inversión, ahora en robótica.
Desde el punto de vista del ciclo económico global, la gran pregunta es si eso sucederá antes o después de una crisis global o un crash bursátil como el de 2000 ligado a la burbuja tecnológica (puntocom) de la anterior revolución industrial.
Eso podría ocurrir por insostenibilidad del ciclo actual de las inversiones, ya sea por incapacidad de las empresas de rentabilizarlas y/o por problemas de financiamiento asociados al aumento global de las tasas de interés, la incipiente alza de sus spreads de crédito y un mayor costo de capital accionario. Si todo eso se materializara primero, tendríamos una fuerte desaceleración de la actividad global, caídas bursátiles, desinflación y menores tasas de interés.
Pero si, como sugieren Sam Altman, Elon Musk y las valorizaciones bursátiles, estamos ad portas (hacia 2027) del despegue de la Physical AI, quizás antes de la crisis tendríamos más de lo actual, pero intensificado. Seguiría resiliente el crecimiento mundial, en medio del boom de inversión en robótica, con optimismo bursátil y alza adicional de las tasas de interés globales. Esto último podría acentuarse sin señales de ajustes fiscales, ni en Estados Unidos tras las elecciones legislativas de mitad de mandato, ni en otros países globalmente relevantes.
Así, si bien el mundo seguiría beneficiado por la revolución tecnológica actual, en América Latina podríamos sufrir primero la contracara de condiciones financieras más restrictivas y después la resaca de una eventual crisis global. En algún sentido, como ocurrió en varios de los últimos cruces de décadas.