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Pisar los Frenos

Semanario Búsqueda (Uruguay)

En muchos países emergentes, el sector privado muestra actualmente un fuerte exceso de ahorro respecto a sus necesidades de inversión. Dicha posición refleja el significativo ajuste exhibido por el consumo de los hogares y el colapso de las inversiones de las empresas, producto del deterioro de las expectativas económicas y de la paralización global del crédito. Por su parte, mientras los privados restringieron su gasto, los gobiernos promovieron un agresivo impulso fiscal que desembocó en un gran deterioro de las finanzas públicas. ¿Se sostendrá esta combinación durante los próximos años?

La historia económica muestra que -superado el pánico y recuperado el crédito- el sobreajuste de gasto privado se irá desvaneciendo, impulsado por las mejores perspectivas para la economía mundial, la mayor expansividad de las condiciones financieras y el cierre gradual de las holguras productivas. De hecho, ya se percibe que el consumo y la inversión han ido recuperando dinamismo, mientras el FMI y otras instituciones sugieren que dicho proceso debería acentuarse durante los próximos años. Así, el “auto privado” -que se frenó repentinamente en el último bienio- está reacelerándose y podría retomar las velocidades registradas en 2003-07.

¿Cuál debería ser la respuesta de política económica? Hoy las autoridades de países emergentes discuten dos estrategias para enfrentar ese escenario.

Por un lado, la alternativa a veces llamada “ortodoxa”, sugiere que un boom privado debería ser compensado con políticas públicas fuertemente contracíclicas en materia de gasto fiscal. A medida que el sector privado transita desde un superávit de ahorro a un exceso de gasto, la política fiscal debería recorrer el camino inverso. Si el “auto privado” está tomando impulso y existe el riesgo de que sobrepase los límites aconsejables, parece sano apretar los frenos del “vehículo fiscal” y ponerlo en segunda para compensar los desbordes de hogares y empresas. De esta forma, la velocidad de la economía en su conjunto –que resume la de ambos vehículos- quedaría acotada a un nivel que inhiba o atenúe grandes desequilibrios y prevenga ajustes abruptos posteriores.

Por otro parte, hay países –como Brasil- aplicando la alternativa comúnmente llamada “heterodoxa” y que sugiere, más que neutralizar el dinamismo privado con menor gasto público, tratar de frenarlo con aumentos de impuestos o alzas de tasas de interés. Para darle alguna viabilidad a esta estrategia, el mix de políticas incluye controles de capitales con el fin de limitar los flujos externos y ganar potencialmente autonomía monetaria, en el contexto de masivas intervenciones cambiarias y grandes pérdidas cuasifiscales. En este esquema, mientras el “vehículo fiscal” se mantiene a una velocidad relativamente alta, los esfuerzos se concentran en desacelerar “el auto privado”.

Durante las últimas dos décadas, Chile ha sido un buen laboratorio donde se han aplicado ambas alternativas. El enfoque “heterodoxo” se aplicó intensamente durante la bonanza de los ’90, sin gran eficacia para lograr autonomía monetaria, atenuar la pérdida de competitividad y limitar el endeudamiento externo, según Gallego, Hernández y Schmidt-Hebbel. En materia monetaria, el diferencial de tasas de interés inducido por los controles de capitales fue poco relevante, de apenas 100 puntos básicos, y de efecto muy temporal. Tampoco se alteró significativamente la trayectoria del Tipo de Cambio Real, cuya caída de 35% entre 1990 y 1997 fue similar a la registrada por países que mantuvieron abierta la cuenta de capitales. Y si bien se afectó en algo la estructura de financiamiento externa (sesgándola hacia flujos de largo plazo), el impacto sobre el endeudamiento total fue marginal, confirmando que cuando “se les cierra la puerta”, los capitales “entran por la ventana”. Aún más, cuando un animal se atravesó en el camino (la crisis mundial de 1998), la economía venía igual a gran exceso de velocidad -con el déficit en cuenta corriente bordeando el 8% del PIB- y debió pasar por un abrupto frenazo, sin márgenes para hacer políticas contracíclicas, realizando un ajuste fiscal en la crisis y creciendo poco en los años subsiguientes.

Sin embargo, la última bonanza (2003-07) fue administrada por los gobiernos de Lagos-Bachelet y el Banco Central bajo un enfoque más bien “ortodoxo”, con libre movilidad de capitales, flotación cambiaria, sin grandes costos cuasifiscales y con un masivo ahorro público. Así, cuando un animal se atravesó en el camino (la crisis financiera mundial de 2008), el exceso de velocidad privado tenía un contrapeso fiscal, y el frenazo –aunque brusco y doloroso- pudo absorberse con políticas contracíclicas, manteniendo los gastos sociales y sin comprometer el crecimiento de largo plazo.

Con el reconocimiento casi unánime de que Chile salió mucho mejor parado de la crisis de 2008 que de la de 1998, la lección para los países emergentes, ante la incipiente nueva bonanza, sugiere enfrentar la reaceleración del sector privado “pisando los frenos” del “auto fiscal”. Sólo así podría esquivarse algún animal en el camino o impactarlo “sin salirse de la pista”, ni comprometer la llegada a destino.

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