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Buenas noches Argentina, bom dia Brasil

Semanario Búsqueda (Uruguay) y Diario Pulso (Chile),  17 de abril

Las últimas decisiones argentinas se insertan en el círculo vicioso que ha caracterizado históricamente su política económica y que describí en mi columna anterior. Sin acceso al crédito, ni activos estatales, ahora Argentina está en la fase de expropiaciones a privados, impresión monetaria, mal uso de las reservas internacionales, represión financiera, masiva intervención gubernamental, proteccionismo comercial, controles cambiarios y aislamiento del mundo. Ejemplos en esa dirección son la estatización del 51% de YPF, la ley que le quita autonomía al Banco Central y las mayores restricciones al comercio exterior.

Mientras se consolida este modelo populista en el país vecino, con políticas discrecionales y procíclicas, Brasil -en contraste- sigue construyendo pilares para sostener el ciclo reciente de crecimiento y minimizar los costos sociales en períodos de vacas flacas. En ese proceso, si bien el país norteño ha tenido tanta suerte como el resto de los latinoamericanos con esta década de “viento de cola”, logró acompañarla con buenas políticas y una mejor calidad de “la política”.

Desde mediados de los ’90, los gobiernos brasileños han impulsado un conjunto de instituciones que privilegiaron la estabilidad macroeconómica, al mercado en la asignación de recursos, al sector privado como motor de la actividad y al Estado como regulador y responsable principal de las políticas sociales. Si bien hay muchas áreas en las cuales la intervención estatal sigue presente, no parece que haya ido creciendo, ni menos abarcando otros ámbitos como en Argentina.

Brasil ha logrado diferenciarse al institucionalizar algunas políticas macroeconómicas. Con la autonomía de derecho y de hecho del Banco Central, el país norteño ya acumula más de una década de inflación baja y estable. A tal objetivo ha contribuido el apego estricto al esquema de metas de inflación y flotación (sucia) del tipo de cambio. Si bien son discutibles los méritos de la intervención cambiaria y de los controles de capital, esta discrecionalidad es interpretada como restringida y transitoria.

La estabilidad de precios ha estado sustentada en el mejor manejo de las finanzas públicas. Aunque Brasil no ha establecido una regla fiscal, como otros países de América Latina, la discrecionalidad ha sido mayoritariamente anticíclica y orientada a garantizar la solvencia de largo plazo. Así, habiendo acumulado más de una década de superávit primario, la deuda pública bruta disminuyó a 55% del PBI, sin necesidad de quitas o reestructuraciones. Cabe destacar que la política fiscal ha sido particularmente conservadora durante el último año con el objetivo de devolver el superávit a cerca del 4% del PIB, disponer de ciertos márgenes para rebajas tributarias y facilitar los recortes de tasas de interés.

En cuanto al rol creciente del mercado en la asignación de recursos, lo más evidente ha sido la administración de Petrobras y de la minera Vale do Rio Doce. En ambas empresas –que eran completamente estatales en los ’90- se le permitió adquirir al sector privado una participación de casi 50%, contribuyendo a su profesionalización y a una gran creación de valor. Además de los mayores impuestos que recaudó por el aumento de las utilidades, hoy el Estado tiene la mitad de estas empresas, cuyos valores se multiplicaron por 10 o 15 veces en la última década.

Por último, la mejor “Política” quedó plasmada en el creciente consenso de los partidos sobre la necesidad de algunas reformas, su trascendencia a los gobiernos de turno y los decididos liderazgos para persuadir a la sociedad sobre sus beneficios de largo plazo. Las “políticas de Estado” -antes circunscritas a las relaciones exteriores- se han extendido ahora a otros ámbitos de gobierno. En contraste con Argentina, no se ha gobernado en base a encuestas o al clamor popular de corto plazo.

Si miramos sólo el crecimiento del PBI durante la última década, con un diferencial de 5 puntos porcentuales a favor de Argentina (9% vs 4%), alguien podría sentirse frustrado con las políticas brasileñas. Y en algo tendría razón. Brasil tiene pendiente elevar el crecimiento potencial para lo cual requiere un menor tamaño del Estado, una revolución en infraestructura, una gran reforma en las pensiones, una menor carga impositiva y especialmente, una mayor inserción externa. Para esto último (y para diferenciarse aún más), un acercamiento con Estados Unidos le vendría muy bien.

Con todo, más que la falta de proactividad brasileña, ese diferencial de crecimiento lo explica el abuso y la insostenibilidad de las políticas argentinas. Así son los populismos: pueden verse como exitosos en el corto plazo o incluso mantenerse por un tiempo largo. Ninguna novedad. El verdadero test sobre los resultados de ambos enfoques de políticas emergerá cuando los desequilibrios argentinos sean insostenibles o empeore el entorno externo, quizás hacia mediados de la década. Recién ahí vendrán los días brasileños…y “la noche argentina”.

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