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El mundo optimista de Caballero

Semanario Búsqueda de Uruguay (26 de agosto de 2010)

Ricardo Caballero es hoy, no sólo el economista chileno más destacado a nivel mundial, sino probablemente el más influyente de los nacidos en América Latina. El liderazgo del actual director del Departamento de Economía del Massachusetts Institute of Technology (MIT) se basa tanto en su brillante desempeño académico como en su activa participación en el debate de la coyuntura mundial.

Por un lado, Caballero ha estado moviendo la frontera del conocimiento justamente en los temas dominantes en la escena económica actual: desbalances globales, interrupciones repentinas de crédito (sudden stops), ataques especulativos, contagio y burbujas de activos, crisis financieras, y sus mecanismos de prevención y resolución. Y por otro lado, desde el inicio de la crisis en 2007, ha intensificado sus consejos a las autoridades mundiales publicando unos 25 papers académicos y otras tantas columnas de opinión.

Por tercer año consecutivo, en el Grupo Security de Chile, trajimos este mes a Caballero a Santiago a nuestra conferencia anual. Y ésta fue su visión del mundo.

Primero, respecto a las causas de la crisis financiera, sigue minimizando el rol de los desbalances globales, del excesivo endeudamiento (apalancamiento), o de la supuesta falta de regulación. También exime de gran responsabilidad a los bancos centrales y a la política monetaria, así como tampoco les dio mayor crédito en “La Gran Moderación” del crecimiento y la inflación registrada en las últimas décadas. En contraste, según su análisis, la crisis fue principalmente el resultado del déficit de activos “seguros” (AAA) que viene experimentando el mundo, de la excesiva concentración de riesgo sistémico (y de activos complejos) en el sistema financiero, y de la fuerte descoordinación e incapacidad de algunas autoridades para enfrentar la crisis.

Segundo, Caballero continúa desafiando al consenso al estimar que el mundo no parece haber cambiado tanto tras la crisis. Además de la sobrevivencia del capitalismo, la globalización y el rol subsidiario del Estado, Caballero sigue planteando que persisten condiciones cíclicas que, si bien pueden ser una fuente de inestabilidad, conllevan otro período de prosperidad, sobre todo para los países emergentes. Destaca, entre otras, la persistencia de los excesos de ahorro; ese déficit crónico de activos financieros “seguros”; la mayor demanda por “instrumentos simples”, y el rol de China en la prolongación del crecimiento global y la baja inflación. Como resultado, seguimos en un mundo de tasas de interés históricamente bajas y rotación de burbujas, donde América Latina resulta muy beneficiada.

Tercero, en cuánto a las perspectivas más inmediatas, Caballero destaca el resurgimiento del decoupling global, con los países emergentes –liderados por Asia- manteniendo altas tasas de crecimiento, y los desarrollados -encabezados por EEUU y Alemania- extendiendo una recuperación lenta e incierta debido a los daños en sus sistemas financieros y a los procesos de desendeudamiento que enfrentan. Así, el desacople seguiría vigente mientras no irrumpa otra catástrofe financiera (tipo quiebra de Lehman), lo que hoy estima poco probable.

Para China –pieza clave del decoupling– su visión es optimista debido a su alto potencial de crecimiento (“8% por bastante tiempo”), la falta de evidencia concluyente sobre burbujas financiadas con crédito, su bajo nivel de endeudamiento y la sorprendente capacidad de sus autoridades para manejar el ciclo económico.

En EE.UU., si bien descarta una recaída o un nuevo evento traumático, debido a la recuperación de los grandes bancos, la reactivación seguiría siendo gradual y con altibajos, lo que obliga a mantener un manejo monetario muy expansivo y a ponderar adecuadamente los estímulos fiscales de corto plazo con las señales creíbles de sostenibilidad para el largo plazo.

Salvo Alemania, Europa enfrenta un panorama complejo al arrastrar grandes inflexibilidades estructurales, altos niveles de endeudamiento público y una fuerte rigidez monetaria. Con todo, pese a que los stress test bancarios omitieron medir una cesación de pagos soberana, el plan de estabilización vigente le permite comprar tiempo y sobrellevar la crisis fiscal mientras no emerja una sorpresa desagradable un país del este.

Así, Caballero tiene una visión cautelosamente optimista para el mundo, caracterizada por un crecimiento cercano al promedio histórico, dólar débil, altos precios de materias primas y tasas de interés bajas. Considera exagerado, por lo tanto, el gran miedo a una catástrofe macroeconómica que descuentan los mercados financieros y que se ha traducido en una altísima demanda por protección a precios muy elevados. Y concluye que este riesgo, más que perjudicar a América Latina, la está beneficiando. Cierto. Ello ha exacerbado la demanda por activos seguros, entre los cuales ya no estarían solamente los bonos de tesoro norteamericanos, sino también los soberanos de nuestros países. Un temor que por ahora nos está jugando a favor.

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