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La preparación celeste

Semanario Búsqueda de Uruguay (28 de julio)

La crisis europea es esencialmente una crisis de insolvencia fiscal. Hoy va quedando claro que, durante varios años, sobre todo en la bonanza, la mayoría de los países problemáticos tuvieron políticas poco prudentes que se tradujeron en excesos de gasto, altos déficit fiscales e insuficientes niveles de ahorro. Salvo Irlanda, cuya deuda pública se disparó al absorber los depósitos bancarios, el deterioro fiscal de los países periféricos tiene larga data y refleja, en parte, la crisis del estado de bienestar. La recesión económica y el consiguiente impulso fiscal sólo terminaron de agravar y explicitar los problemas que el boom previo había disimulado.

Ésta es una situación bastante familiar para Uruguay. Si bien las dos últimas grandes crisis implosionaron en 1982 y 2002, luego de un drástico deterioro del entorno externo, sus raíces fueron más profundas y provenían de las vulnerabilidades financieras y fiscales acumuladas en las décadas previas. Se gestaron en la bonanza.

Por un lado, en el contexto de una alta dolarización, ni las políticas financieras desincentivaron los préstamos en moneda extranjera a personas y empresas con ingresos mayoritariamente en pesos, ni el propio Estado desdolarizó su deuda. Por otro lado, ambas crisis tampoco estuvieron precedidas por una política contracíclica que generará superávit fiscal o una reducción genuina de la deuda pública. Que esta fuera cayendo como porcentaje del Producto Bruto Interno (PBI) fue más el reflejo de cierto desequilibrio cambiario y del consiguiente aumento (transitorio) del PBI en dólares, que de un manejo disciplinado de las finanzas públicas.

En la coyuntura actual, los papeles se invirtieron. Europa y también Estados Unidos enfrentan grandes dificultades y riesgos de insolvencia estatal, mientras Uruguay y otros países emergentes viven en prosperidad, sin aparentes problemas fiscales. Pero tanto esas crisis contemporáneas, como las nuestras pasadas, alertan sobre la necesidad de prepararse ahora, en el boom, para no repetirlas. Enhorabuena entonces a las advertencias del Ministerio de Economía y del resto del gobierno respecto a que –si bien el buen clima mundial podría extenderse por un tiempo más- este no estará exento de nubarrones, ni del riesgo de una gran tormenta. No sabemos si esta llegará en los próximos dos años o justo antes de las elecciones en 2014 o en la segunda mitad de la década. Lo que sí sabemos es que el buen clima no será eterno.

Veamos si esas advertencias han ido acompañadas de acciones concretas. Es falso que Uruguay no se haya esta estado preparando. En el frente financiero hay avances evidentes en la reducción de algunas vulnerabilidades con el impulso de la desdolarización y de ciertas normas prudenciales. Así, ha ido creciendo la importancia de la moneda nacional (pesos o unidades indexadas) en los depósitos y préstamos bancarios, pero sobre todo en la deuda pública. Esta desdolarización debería suavizar los costos del inexorable ajuste cambiario que traerá la tormenta.

Donde la preparación ha sido más débil es en el frente fiscal. Ni el proceso está “institucionalizado”, -usando palabras del técnico de la selección uruguaya de fútbol, el maestro Oscar Washington Tabárez- ni ha sido todo lo eficiente y eficaz que se requiere.

Primero, las finanzas públicas mantienen un alto grado de discrecionalidad y permeabilidad a los grupos de presión, en ausencia una regla estructural como la legislada en Chile o Perú. En este contexto, se ha repetido la historia de las bonanzas anteriores con un rol fuertemente procíclico de la política fiscal. El gasto público acumula ya varios años de crecimiento mayor al PBI y el gobierno sigue sin mostrar superávit fiscal. Peor aún, si se normalizaran los ingresos estatales haciendo los ajustes cíclicos, el déficit resultante sería mayor al 3% del PBI. Como resultado, si bien la deuda pública ha venido cayendo en términos relativos, acercándose a 45% del Producto este año, ha seguido aumentando en términos absolutos.

Segundo, todo este impulso fiscal ha estado lejos de ser eficiente en tanto no ha contemplado tarifas públicas más competitivas, ni una menor carga tributaria a los factores de producción, ni menos aún un alivio a la caída del tipo de cambio real. Y tampoco parece haber sido muy eficaz considerando los pobres resultados en materia de cobertura, productividad y calidad del mayor gasto público.

Es en estos dos grandes frentes donde el gobierno debe reforzar su preparación. No está mal negociar créditos contingentes con organismos internacionales o anticipar emisiones de bonos, pero el verdadero “proceso” para no repetir las crisis 1982 y 2002 pasa por seguir reduciendo las vulnerabilidades financieras y sobre todo fiscales.

Lo más importante es que aún hay ventanas abiertas para hacerlo. Está la ventana externa mientras sólo se trate de nubarrones y no llegue la gran tormenta. Y está la ventana interna que da la Rendición de Cuentas y los casi tres años que faltan para el inicio del próximo ciclo electoral.

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