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ChatGPT e Inteligencia Artificial: Connotaciones y Desafíos

El País

Esta columna iba a ser sobre el Foro Económico Mundial que anualmente se realiza en Davos, ese bellísimo pueblo medieval suizo, cuando advertí que ChatGPT la podría escribir casi completamente por mí, en pocos minutos. ¡¿Cómo?!

ChatGPT es un chatbot, o sea una aplicación de software automatizada que simula la interacción (chat) que una persona tendría con otra, pero que tiene capacidades muy superiores a las desarrolladas hasta ahora. GPT viene de sus siglas en inglés, Generative Pre-trained Transformer (Transformador Preentrenado Generativo) y se trata de una herramienta que utiliza masivamente Inteligencia Artificial para “responder nuestras preguntas, admitir sus errores, cuestionar premisas incorrectas y rechazar solicitudes inapropiadas”. Fue lanzada hace pocas semanas (30 de noviembre) por la empresa OpenAI y se ha viralizado globalmente al punto de colapsos sistemáticos de su sitio web por sobredemanda.

En mi caso, no solo le podría haber pedido que resumiera los debates fundamentales sobre la globalización y las megatendencias mundiales que se han dado en Davos en las últimas décadas (disponibles en ChatGPT hasta 2021, por ahora), sino sus implicancias económicas para nuestros países, para combinarlas con mis propias visiones. Bastaba con hacerle esas preguntas. Incluso más: le podría haber solicitado al ChatGPT que redactara unos párrafos con las visiones históricas de varios referentes mundiales que participaron en Davos sobre la propia Inteligencia Artificial, dada la atención recibida por el tema en este foro global. Quizás “mi trabajo” para la columna habría quedado limitado a escribir un par de últimos párrafos con ciertas conclusiones sobre los temas, o tal vez ni siquiera eso.

Claramente estamos en presencia de un fenómeno muy disruptivo e innovador. Y no porque use Inteligencia Artificial ya que está lejos de ser “la primera herramienta” en este sentido. Podríamos incluir en esta familia aplicaciones como Alexa de Amazon, los sistemas multilingües de traducción automática, los procesamientos e intercambios de imágenes y muchos chatbots (perfeccionados) con los cuales cada vez más interactuamos. Hemos quedado rodeados de robots no físicos, casi sin darnos cuenta.

Entonces, ¿cuál es la novedad de ChatGPT? No es una. Son varias.

No sabemos si ChatGPT será “la herramienta ganadora”, pero por su sofisticación puede serlo o sentar las bases para desarrollos similares o mejores. Como en los casos de los buscadores web, las casillas de mails, los chats o las videollamadas, probablemente pasará algún tiempo antes que una haya consolidado su liderazgo. O quizás sea como otras, Wikipedia o YouTube por ejemplo, que nacieron “líderes” y aún no han sido desplazadas en su supremacía.

Lo que sí sabemos es que este escalón superior vino para quedarse. Sea ChatGPT u otra herramienta, podría a la larga resolvernos múltiples temas personales y profesionales en base a un gran sistema basado en Inteligencia Artificial, de acceso fácil y probablemente a bajo costo. Serían capaces de redactar ensayos de estudiantes, responder exámenes, componer música, actuar como terapista, escribir códigos computacionales y muchísimo más.

Lo más impresionante es su profundidad y amplitud para hacerlo. Alan Turing, el genial matemático inglés que descifró “El Código Enigma” de los nazis, propuso en 1950 “el test de la imitación” para identificar cuán similar es el comportamiento de una computadora o un robot (la Inteligencia Artificial, en definitiva) al de un ser humano. ChatGPT parece satisfacer ampliamente esta prueba.

De hecho, en el proceso de responder nuestros pedidos va adquiriendo contexto y acumulando la experiencia de “la conversación” que hemos tenido.

Todo esto parece tiene múltiples connotaciones socioeconómicas (y éticas), cuyo abordaje excede largamente una sola columna. Algunos lineamientos, a cuenta de más.

Primero, no deja de ser irónico (y muy estimulante), que en un foro como el de Davos 2023 dedicado a los problemas de la economía mundial y de la supuesta antiglobalización, cobre protagonismo esta nueva revolución tecnológica y se viralice mundialmente. Antes que nada, parece reflejar otro impulso a la productividad y la globalización.

Segundo, el uso más intensivo de la Inteligencia Artificial refuerza muchos desafíos éticos relacionados, el uso indebido de información presente en “los diálogos” y la eventual necesidad de políticas regulatorias locales y globales.

Tercero, como el resto de La Cuarta Revolución Industrial, esto tendrá consecuencias en el mercado laboral en términos de eliminar puestos “repetitivos” de trabajo, pero simultáneamente incrementar la demanda por mano de obra calificada. La historia de los últimos 250 años de la humanidad es reveladora de ganadores y perdedores, pero también de un balance positivo, sobre todo bajo políticas e instituciones laborales pro empleo.

Cuarto y ligado a lo anterior, el desafío para la educación sigue siendo monumental en cuanto a redefinir habilidades y contenidos a enseñar, así como metodologías y evaluaciones a utilizar. Todo siempre en revisión, dinámicamente, evitando quedar muy atrás de este rápido cambio tecnológico.

Por un lado, las reformas educativas deben ser más oportunas, mirando al futuro y no al pasado.

Por otro lado, la enseñanza sólida de ciencias básicas (Matemáticas, Física, Química, entre otras) y ciertas habilidades blandas para adaptarse a esta realidad cambiante (creatividad y pensamiento crítico, entre otras), será cada vez más decisiva, mientras que los aprendizajes de aspectos técnicos coyunturales y específicos, serían menos duraderos y relevantes. Menos que una columna mía sobre el Foro de Davos, tras la irrupción de ChatGPT.

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