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El diferencial de Chile

Semanario Búsqueda (9 de agosto)

Chile es un país de contrastes. Las expectativas no son la excepción. El país puede pasar del exitismo extremo de 2010 con el rescate de los mineros, al máximo pesimismo del año pasado debido a las movilizaciones estudiantiles. Y en materia económica, los chilenos parecen maniático-depresivos, como alguna vez dijo Roberto Zahler, ex presidente de su Banco Central.

Sin embargo, 2012 se perfila como un año donde el péndulo parece centrarse con la consolidación de buenos resultados económicos y sociales, sin grandes desequilibrios. Y todo ello en un escenario de menor impulso externo y alta incertidumbre mundial.

Hay mucho de autoflagelación en el excesivo debate sobre una reforma tributaria tan innecesaria como irrelevante, el deterioro reciente de “la política”, la parálisis o falta de proyectos en materia energética, el déficit de medidas para mejorar la calidad de la educación y las escasas reformas pro mayor productividad estatal y privada.

Pero hay motivos suficientes para el optimismo, sin caer en la autocomplacencia. En el último tiempo, Chile retomó el diferencial de crecimiento positivo respecto al mundo y al promedio de América Latina. Eso –que ya había ocurrido entre 1986 y 1997, con una brecha mayor a 4 puntos porcentuales- se esfumó en la década siguiente.

Ahora, tras crecer en torno a 6% en el último bienio, los recientes indicadores apuntan a una expansión sobre 5% este año, con la tasa de empleo alcanzando máximos históricos y la desocupación en el mínimo de 15 años (6,5%). Esto se explica por el aumento en la tasa de inversión y la reactivación del aporte de la productividad.

Como resultado, la pobreza e indigencia deberían mantener la tendencia a la baja retomada el año pasado, cuando cayeron 14,4% y 2,8% de la población, respectivamente.

Por otro lado, la distribución del ingreso debería consolidarse como la más igualitaria de los últimos 25 años, tal como han sugerido la última encuesta para 2011 y los estudios del economista Claudio Sapelli.

Y por último, tanto los mayores flujos inmigratorios como el retorno estructural de los chilenos estudiando en el exterior, tiende a confirmar las oportunidades y la movilidad social del país.

Aunque se divisan mayores riesgos externos e internos, este ciclo de mayor prosperidad económica y social podría extenderse durante los próximos 18 meses.

Habrá menos impulso externo por el aterrizaje del crecimiento mundial al entorno del 3% y los menores precios de las exportaciones, pero aún Chile seguirá beneficiado de bajas tasas de interés internacionales, la debilidad global del dólar y los flujos de capitales hacia el país.

También podría haber menos impulso interno por un eventual deterioro en las expectativas empresariales, mayores costos energéticos o condiciones financieras más restrictivas.

Pero Chile no tiene debilidades estructurales, ni grandes desequilibrios, que limiten la capacidad de desarrollar políticas contracíclicas ante escenarios más adversos. Todo lo contrario.

No muestra actualmente un uso excesivo de sus recursos productivos que pudiera estar incubando un desborde salarial e inflacionario. Por un lado, las remuneraciones reales están creciendo alineadas con la productividad (3%) y, por otro, la inflación interanual se ubicó en 2,5% a julio y se proyecta por debajo de la meta de 3% en los próximos 12 meses.

En cuanto a la competitividad, si bien el peso chileno ha tendido a apreciarse en último cuatrienio, reflejando el debilitamiento global del dólar, el tipo de cambio real (TCR) no muestra un desalineamiento significativo respecto de sus fundamentos o en términos históricos. Se ubica ligeramente por debajo del promedio de los últimos 20 años, período en el cual las exportaciones no cobre promediaron un crecimiento de 8% en volumen.

Consistente con ello, la cuenta corriente de la Balanza de Pagos, si bien ya no muestra superávit por el mayor dinamismo de la demanda interna, tampoco se encamina a un desequilibrio preocupante o inmanejable. Este año terminaría con un déficit de 2,5% del PIB debido a que el superávit fiscal (1,5% del PIB) amortiguará el exceso de gasto privado.

Por cierto que es necesario un mayor ahorro público para acomodar la expansión del consumo y la inversión, contener el deterioro de las cuentas externas y minimizar las consiguientes alzas de tasas de interés o de caída del tipo de cambio real. Pero no parece que ello vaya a ocurrir ante la presión transversal por mayor gasto fiscal y el ciclo electoral ad portas. Con todo, teniendo el gobierno una posición acreedora y el país en su conjunto un bajo nivel de pasivos externos netos, las consecuencias de un manejo expansivo se proyectan acotadas.

Es justamente esa sólida posición estructural, combinada con la inserción externa diversificada, la elevada credibilidad en la política monetaria y la gran flexibilidad cambiaria, lo que deja a Chile bien preparado para escenarios más adversos.

Ese es su gran diferencial. Cuando caiga el impulso externo, tendrá gran capacidad para desarrollar políticas contracíclicas. Por eso seguirá teniendo un crecimiento económico menos volátil, menos maníaco-depresivo. Y también por eso se diferenciará más de América Latina cuando cese el viento a favor hacia la región.

  1. Elremigio
    agosto 12, 2012 en 18:19

    Muy bueno tu articulo y totalmente de acuerdo. Cada vez mas Chile parece sera la nueva “suiza de America”.

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