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Los desequilibrios del boom

Semanario Búsqueda, 30 de junio

Con una expansión del PIB que se perfila hacia 7,5% o más en 2011, la economía uruguaya habrá acumulado nueve años de crecimiento ininterrumpido a una tasa promedio de casi 6%. Como resultado, el ingreso per cápita superará los 14 mil dólares este año, la tasa de desempleo se mantendrá por debajo de 7% y los indicadores sociales mostrarán progresos adicionales.

Hay buenas razones que fundamentan este ciclo de prosperidad. Durante estos años, el país no sólo enfrentó condiciones externas excepcionales –las mejores en cuatro décadas-, sino que además estuvo preparado para capitalizarlas, gracias a su mayor inserción internacional y a la gran capacidad ociosa disponible tras la crisis de 2002. Así, las holguras existentes permitieron aplicar políticas de demanda fuertemente expansivas sin afectar los grandes equilibrios. A ello también contribuyó el aumento del potencial de crecimiento derivado de la continuidad de los lineamientos económicos en los últimos gobiernos y la promoción más decidida de la inversión privada.

Pero con la maduración del ciclo, con el boom económico, existe el riesgo del surgimiento o profundización de algunos desequilibrios. Hay al menos cuatro frentes en los cuales ya se perciben signos en esa dirección: en el grado de utilización de los recursos productivos, en materia inflacionaria, en las cuentas externas y en la competitividad.

En el uso de los factores productivos, los indicadores disponibles muestran que las holguras productivas están copadas. No hay capacidad ociosa. En el mercado laboral, la tasa de desocupación se ubica en mínimos históricos, por debajo de los niveles “naturales” o de aquellos considerados como “no aceleradores de la inflación”. Por su parte, la trayectoria de la brecha de capacidad –medida como la distancia en el PBI efectivo y el potencial- ratifica que la sobreutilización de los recursos es un fenómeno generalizado en la economía, con riesgo de agravarse en el corto plazo. Cierto. Con la economía expandiéndose a un ritmo muy superior a su potencial, no parece que dichas presiones vayan a ceder en el corto plazo. Ni tampoco cabe esperar un aumento del potencial considerando la restricción de mano de obra, los bajos niveles de ahorro interno y los problemas de cobertura y calidad en la educación.

Este sobrecalentamiento es un factor, entre otros, detrás del recrudecimiento de las presiones inflacionarias. La variación interanual del IPC no sólo volvió a 8,5% -tras el paréntesis de moderación asociado a la crisis de 2008-2009- sino que además ha permaneciendo fuera del rango meta por varios trimestres. Sin una fuerte reducción del impulso fiscal o pautas salariales significativamente menores, parece improbable que este desajuste pueda corregirse a bajos costos.

El tercer desequilibrio pasa por un deterioro de las cuentas externas debido al boom de gasto. Los últimos datos ya apuntan a que la cuenta corriente de la Balanza de Pagos transitaría desde un saldo prácticamente nulo el año pasado a un déficit entre 2% y 3% del PBI en 2011, con riesgo de un desbalance incluso mayor en 2012. Por lo demás, dicho déficit ya se ubica sobre el 5% del PBI medido a precios de exportación normales. Esto es más causa que consecuencia de la caída del tipo de cambio, reflejando el altísimo alto dinamismo que viene mostrando el gasto público y privado.

Este exceso de demanda impone otra restricción. Sin un aumento del ahorro del gobierno o del sector privado, toda alza en la inversión –condición necesaria para elevar el crecimiento potencial- sólo podrá ser financiada con inversión extranjera o créditos internacionales. Esto conlleva mayores pasivos externos y una gran vulnerabilidad ante un corte repentino de los flujos de capitales.

Por último, los tres desequilibrios citados –sobreutilización de recursos, desanclaje inflacionario y exceso de gasto- se conjugan y repercuten en problemas de competitividad. Así, una caída adicional del tipo de cambio seguirá siendo el precio a pagar por no atacar esos desajustes en tiempo y forma, con lo cual también irá emergiendo un desequilibrio cambiario que –por la vía de exacerbar los costos en dólares- potenciará los desajustes y comprometerá la prosperidad. Un círculo vicioso que Uruguay ya vivió a fines de los ’70 y de los ’90, y cuyas consecuencias nadie quiere repetir.

En síntesis, la etapa fácil de la bonanza definitivamente ha determinado. Algunos desequilibrios ya están con nosotros y otros vienen en camino. Para evitar que desemboquen en otra gran crisis es necesario actuar ahora. Más vale prevenir que curar.

Es ahora cuando hay que pisar fuerte el freno para contener la demanda. Es ahora cuando hay que apretar fuerte el acelerador para  expandir la oferta vía aumentos sistemáticos de la productividad. Y, como suele decirse, para lograr esto no cabe otra tarea que promover las mil y una formas de reducir costos. Ese es el desafío en el boom, tanto para el sector público como para el privado.

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