Chile tiembla

Semanario Búsqueda de Uruguay (14 de julio)

Durante las últimas semanas, tres “sismos” económicos y sociales han sacudido la realidad chilena al extremo de levantar nuevamente voces que cuestionan el modelo de desarrollo, exigen la refundación de los pilares del sistema y hasta predicen una gran revolución cultural.

Primero fue el escándalo financiero protagonizado por la multitienda La Polar, la que –como Enron o Worldcom en EEUU- falsificó sus estados contables, luego de reprogramar unilateralmente las deudas de sus clientes por varios años sin realizar las pérdidas y provisiones correspondientes. Lo segundo fue una gran movilización “ecológica” contra la instalación de represas hidroeléctricas en la Patagonia chilena. Y por último, repitiendo lo acontecido en los primeros meses del gobierno de la presidenta Bachelet, los estudiantes –ahora universitarios- se tomaron las calles reclamando el fortalecimiento de la educación estatal y el fin del lucro de las instituciones del sector.

 Además del bienvenido efecto de dirigir la atención a la eficacia y eficiencia de las políticas educativas, medioambientales, financieras y de asignación de recursos, estos sucesos también han reinstalado en el debate algunos mitos sobre el desempeño reciente de Chile que es necesario nuevamente rebatir.

El primer mito es que este modelo ha estado sesgado a favor del capital y en contra del trabajo. Sin embargo, durante los últimos 25 años, el crecimiento de la masa salarial coincidió con el crecimiento del PBI (6%), por lo que los trabajadores mantuvieron estable su participación del ingreso. A su vez, ambas variables -el PBI y la masa salarial- más que se cuadruplicaron en dicho lapso, provocando un aumento equivalente en el poder adquisitivo y de la capacidad de consumo. Y por si fuera poco, Chile está a punto de superar los 15 mil dólares de ingreso per cápita, diez veces mayor al que tenía en 1985. 

Ya estas cifras parecen suficientes para derribar el segundo mito: que no ha habido “chorreo” hacia los sectores de bajos ingresos. Ha sido justamente el crecimiento alto y estable, con el consiguiente dinamismo en el mercado laboral, el factor clave para explicar el mejoramiento notable en las condiciones de vida de dichos sectores. La indigencia disminuyó desde 17% de la población en 1987 a menos de 4% en 2009 y la pobreza lo hizo desde 46% al entorno de 15% en igual lapso, cifra de la cual sólo un tercio ha sido crónica (aquella que nunca logra salir de esa condición). Paralelamente, la mortalidad infantil se redujo a menos de 7 niños por mil, la expectativa de vida al nacer subió a 76 años, la cobertura en educación secundaria se elevó a 85% y los quintiles de menos ingresos mejoraron sustantivamente el acceso a los servicios básicos. Así, dentro de América Latina, según la CEPAL y el PNUD, Chile avanzó desde la “mitad de la tabla” hace dos décadas a una posición de liderazgo en materia de indicadores sociales.

El tercer mito gira en torno a la supuesta elevada desigualdad en la distribución del ingreso que se habría generado durante las últimas tres décadas. El economista uruguayo, Claudio Sapelli, profesor de la Universidad Católica, también derriba este mito en su reciente libro “Chile: ¿Más Equitativo?”. Plantea que, si bien al considerar la población en su conjunto, los indicadores tradicionales de distribución (índice de Gini, relación de ingresos entre el 20% más rico y el 20% más pobre) revelan escasos avances, el seguimiento de las distintas generaciones sugiere una menor desigualdad en aquellas más jóvenes. Ello debido al citado dinamismo del mercado laboral, pero sobre todo al acceso más igualitario a la educación registrado en las últimas décadas. De hecho, desde 1990 la matrícula en educación superior se ha multiplicado casi 4, con lo cual casi el 50% de los jóvenes entre 18 y 24 años cursan actualmente estudios terciarios y siete de cada diez jóvenes representan la primera generación de su familia en acceder a ellos. Todo lo cual –dicho sea de paso- no se habría podido lograr sin la iniciativa privada en este sector.

El cuarto mito reflotado es que en Chile hay poca movilidad social. En contraste, según la investigación de Sapelli, las generaciones más jóvenes tienden a alcanzar una mayor movilidad social a lo largo del siglo pasado y su posición económica y social es cada vez más independiente de la de sus padres. Este resultado va en línea con otras evidencias previas. Ya hace unos años el economista argentino Sebastián Calónico había concluido que la sociedad chilena registra la mayor movilidad social en América Latina. Y ya desde fines de los ’90 la baja emigración desde Chile y el fuerte proceso inmigratorio desde la región lo sindicaban como un “país de oportunidades”.

 En fin, una vez calmados los temblores y reconocidas las fortalezas estructurales, nada indica que estos “movimientos” vayan alterar el modelo construido o deriven en una refundación de sus cimientos. Al contrario: habrán ayudado a mejorar las políticas “antisísmicas” y a liberar energía en forma gradual.

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