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¿Mega crisis en Argentina?

Semanario Búsqueda (29 de marzo)

La historia económica de Argentina parece circular. Desde hace décadas gira en torno a los excesos de gasto público y/o déficits fiscales, así como a sus problemas y crisis de financiamiento. Ha sido un círculo vicioso dependiente, por épocas, de los altos precios internacionales de los productos agropecuarios, como a mediados del siglo XX, en los ’70, o durante la última década.  Bajo entornos externos adversos, el financiamiento provino de la colocación de deuda (a fines de los ’70 y durante los ’90) o de la venta de activos estatales (también en los ’90). En años de vacas flacas, cuando no había apetito por su deuda, ni activos que vender, los gobiernos argentinos echaron mano a las reservas internacionales (como ahora nuevamente sería el caso), a expropiaciones al sector privado (intervención de los fondos de pensiones) o a la impresión de billetes para recaudar impuesto inflación.

Ese círculo vicioso siempre terminó en grandes crisis, ya sea de deuda (licuación monetaria, reestructuración, o default con quita), de ajuste (hiper) inflacionario, o simplemente de declive estructural en materia económica. ¿Será la excepción la bonanza actual? ¿En qué parte del círculo se encuentra Argentina hoy? ¿Ad portas de otra mega crisis?

Suele decirse, en tono perplejo, que “Argentina ha hecho todo mal en la última década, pero le sale todo bien”. Que los países desarrollados deberían mirar el modelo económico argentino para salir de sus crisis. Que los economistas no tenemos explicación para el supuesto éxito económico de los últimos años.

Sin embargo, como bien muestra la propia historia económica argentina, ni faltan buenas explicaciones para lo sucedido, ni puede considerarse un buen ejemplo para el largo plazo. Que Argentina haya vuelto a crecer cerca de 9% en 2011, con el desempleo ubicándose por debajo de 8%, repitiendo la tendencia observada desde 2003 y sólo interrumpida con la crisis global, ha seguido obedeciendo al uso intenso de políticas de demanda (fiscal y monetaria) aprovechando el buen clima global para los países latinoamericanos.

Es la etapa de cosecha plena, pero con mala siembra para el largo plazo. No ha habido políticas de oferta que impulsen el capital humano, la inversión o la productividad, en pro de sostener un alto crecimiento en tiempos normales. En contraste, el manejo económico tiene muchas similitudes con lo impulsado en el siglo XX y que distanció a Argentina de las naciones ricas.

Por lo tanto, ya cerca de la fase madura del ciclo, con desequilibrios crecientes, se hace difícil (y costoso) mantener los altos rendimientos de la cosecha. Ya no hay capacidad ociosa que permita absorber impulsos de gasto sin inflación. Ya no hay ahorro interno que cubra la inversión sin deterioro de las cuentas externas. Ya hace tiempo que las ventajas competitivas desaparecieron por la caída real del tipo de cambio.

Pero todo eso no necesariamente debería implicar, en el corto plazo, una mega crisis económica del tipo de las ocurridas en 1975 (“el Rodrigazo”), en 1982, durante el gobierno de Alfonsín o con la ruptura de la Convertibilidad en 2001. Un desenlace de ese estilo podría ocurrir más adelante, quizás en la segunda mitad de esta década, en el próximo período de gobierno. Hay factores que permiten estirar la cuerda por un tiempo más.

El buen clima externo, aunque con nubarrones y algunas tormentas, podría prolongarse por dos o tres años. Así que, pese a su menor inserción externa, Argentina se seguiría beneficiando del alto crecimiento de los países emergentes, la debilidad global del dólar, los altos precios de los productos agropecuarios y de las condiciones financieras expansivas.

Ello permitiría mantener el pie en el acelerador con mayor impulso a las políticas de demanda y a las transferencias desde los sectores exportadores e importadores hacia aquellos más ligados a la demanda interna. Aunque con vaivenes, las políticas proteccionistas podrían acentuarse, con nuevos gravámenes y restricciones adicionales al comercio exterior. En este contexto, en vez de alzas del dólar que serían inflacionarias, el gobierno optaría por devaluaciones fiscales que involucren más impuestos a las importaciones y algunos apoyos a las exportaciones.

También se profundizaría la represión financiera promovida a través de tasas de interés reales muy negativas y de fuertes controles a la salida de capitales. Con ello, el gobierno ha inducido otro tipo de transferencias: desde los ahorristas a los deudores.

Por último, el manejo económico seguiría incluyendo un gran dirigismo estatal, con nuevas intervenciones sectoriales, y un creciente uso de la emisión monetaria (y las reservas internacionales) para financiar más gasto público y el déficit fiscal.

Aunque todo esto permita desechar una gran crisis en lo inmediato, no da para estar tranquilos con Argentina. Cuanto mayor el uso (y abuso) de dichos instrumentos, más probable se vuelve para los próximos años el escenario de estanflación, poco crecimiento y alta inflación. Y más traumático el desenlace a posteriori.

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