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Mercosur: descoordinación e inestabilidad

Búsqueda (Uruguay)

“Mercosur: ¿QEPD?” se preguntaba la revista británica The Economist en un artículo del año pasado. Para una respuesta lapidaria bastaba citar el sistemático incumplimiento del principio de “libre circulación de bienes, servicios y factores productivos entre los países” que fue estipulado en el artículo 1 del Tratado de Asunción. Así ha quedado evidenciado con los diversos controles a las importaciones y restricciones no arancelarias implementados por la mayoría de sus integrantes, pero sobre todo por Argentina y Brasil.

Sin embargo, tan importante como el notorio incumplimiento “comercial”, ha sido la menos enfatizada violación del principio de “coordinación de políticas macroeconómicas y sectoriales”, que establece también el artículo 1. Esto ya se explicitó en el cruce de milenios con las sucesivas crisis y maxidevaluaciones de varios de sus miembros.

Pero desde aquellos episodios, en vez de avanzar hacia una mayor armonización de políticas, el Mercosur ha exhibido una descoordinación incluso mayor en el último tiempo.

En el terreno de los objetivos, la discrepancia más notoria se observa en el grado de compromiso con la estabilidad de precios. Una inflación baja y estable –factor que favorece el crecimiento y desarrollo económico- no es una meta en común entre los integrantes del bloque. Por un lado, Argentina y Venezuela están entre los países con mayor inflación en el mundo. Por otro, Paraguay y Uruguay toleran inflaciones entre 5% y 10%; Brasil se juega porque sea menos de 6% y Ecuador –sin moneda propia- se resigna a la implícita en el dólar. La diversidad inflacionaria responde, en parte, a asimetrías fiscales y a las consiguientes divergencias en los manejos monetarios y cambiarios.

En materia fiscal, mientras Venezuela tiene un déficit cercano a 20% del PIB, los de Brasil y Uruguay se ubican entre 2% y 3% y el verdadero de Argentina ya está en 4% del PIB. Y tienen también una gran dispersión en materia de endeudamiento público que va desde un Paraguay con bajos compromisos a un Brasil con casi 70% de deuda bruta. Todo eso refleja la preferencia por la discrecionalidad fiscal y la renuencia generalizada a adoptar una regla para el manejo de las finanzas públicas.

La heterogeneidad es aún mayor en materia de regímenes monetarios y cambiarios.

Hay países como Argentina y Venezuela que tiene tipos de cambio múltiples, con fijación del precio oficial y brechas con el paralelo que fluctúan entre 50% y 100%. Además, en el caso argentino, está siempre latente la emisión de cuasi monedas.

Ecuador, por su lado, tiene una economía 100% dolarizada y si bien se ha beneficiado por la década de desvalorización de la moneda norteamericana, puede enfrentar una crisis cuando Estados Unidos suba la tasa de interés y el dólar consolide la tendencia global al fortalecimiento.

Por último, están Brasil, Paraguay y Uruguay, con sistemas cambiarios de flotación (muy) sucia y un peso heterogéneo del dólar en los balances de las empresas y personas.

La disparidad también es evidente en la regulación financiera y el manejo de los flujos de capitales.

Quizás donde hay mayor homogeneidad es en el manejo discrecional de las políticas sectoriales e industriales, una estrategia que –a juzgar por la experiencia de América Latina- aportó poco al crecimiento y al desarrollo económico durante el siglo XX. Dichas políticas, contribuyeron a la búsqueda de rentas de algunos sectores y a la captura del Estado por los corporativismos.

Todo esto marca otro nítido contraste con la naciente Alianza del Pacífico (Chile, Colombia, México y Perú) y que se agrega a las ya sobreenfatizados divergencias en materia ideológica (circunstanciales) o en el grado de compromiso con el libre comercio (estructurales). Primero, porque estos países tienen mayor homogeneidad con los objetivos macroeconómicos, desde el mayor respaldo a la estabilidad de precios hasta la búsqueda de una menor volatilidad del crecimiento. Segundo, porque en materia fiscal han adoptado reglas, incluso con carácter legal, que favorecen políticas contracíclicas y una mejor posición de sus finanzas públicas. Tercero, porque en materia monetaria y cambiaria, tienen sistemas muy parecidos, con esquemas de metas de inflación basados en la tasa de interés y el avance hacia una mayor flotación del tipo de cambio. Por último, porque también exhiben menores asimetrías en materia de dolarización.

No parece que Mercosur vaya a revertir su creciente proteccionismo, pero menos que vaya a evolucionar hacia una convergencia de políticas como la implícita en la Alianza del Pacífico para atenuar los altos costos de la inestabilidad económica.

No vendrá más apertura externa desde los países grandes, ni más coordinación en el manejo macro. Si esto no se hizo en la bonanza, es menos probable que se haga en el futuro bajo el contexto de un mundo adverso y de fuertes desequilibrios en la mayoría de sus países. Por lo tanto, parece aún más utópico proyectar una resurrección del Mercosur.

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