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El círculo vicioso argentino

Semanario Búsqueda (Uruguay)

Contradiciendo las visiones dominantes tras el colapso de 2001 –muy pesimistas respecto a la reactivación e hiperinflacionarias en materia de precios- Argentina sorprendió hasta los más optimistas exhibiendo un crecimiento promedio cercano a 7% en los últimos ocho años y niveles de inflación que –incluso con los sinceramientos correspondientes– pueden calificarse como bajos en perspectiva histórica. Como resultado, el desempleo cayó desde cerca de 25% a menos de 10% y los salarios en dólares -apoyados por las fijaciones y negociaciones lideradas por el gobierno- casi se triplicaron desde la salida de la Convertibilidad. La pobreza, por su parte, exhibió un descenso sustantivo, aunque hacia niveles aún superiores a los prevalecientes a mediados de los ’90.

Que la recuperación haya sido más rápida y “ordenada” que la mostrada por la propia Argentina y otros países tras la crisis de la deuda en los ’80 no respondió ni a un mejoramiento sustantivo en la institucionalidad macro, ni a una revolución micro o en políticas de oferta. Por el contrario, Argentina continuó repitiendo los errores que la “atrasaron” desde fines del siglo XIX: una baja inserción externa, la amenaza constante de la indisciplina fiscal, un elevado grado de vulnerabilidades financieras, una alta permeabilidad del Estado a intereses corporativistas. A lo que debemos sumar la falta de infraestructura e inversión en algunos sectores clave debido a malas políticas públicas (retenciones, precios administrados y controlados, imprevisibilidad), y la gran pérdida de capital humano derivado de la emigración.

Por lo tanto, más que a un aumento del crecimiento potencial, la recuperación estuvo asociada a un uso intenso de políticas de demanda (fiscal y monetaria), aprovechando a pleno el escenario favorable para los países emergentes y la elevada capacidad ociosa. Éste ha sido un fenómeno recurrente en la historia económica argentina. Algo similar se observó en las décadas del ’40 y ’50, cuando los altos precios de los productos agropecuarios derivados de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea financiaron la sustitución de importaciones, el desarrollo hacia adentro y el creciente rol redistributivo del Estado. En los ’70 el impulso volvió a descansar en los altos términos de intercambio, junto a la generosa disponibilidad de capitales externos. En los ‘80, el financiamiento provino mayoritariamente de la emisión de dinero, a partir de lo cual el país desembocó en la hiperinflación. Durante los ‘90, mientras se acentuaba la irresponsabilidad fiscal y el aumento del tamaño del gasto público, el retorno del endeudamiento público fue complementado con los recursos provenientes de las privatizaciones. Hasta que los activos y el crédito externo se agotaron, y el ajuste (doloroso e ineficiente) se hizo ineludible.

Tras el default y cierta disciplina fiscal en 2002-2003, el populismo y el círculo vicioso se han intensificado. Mientras el gasto público ha crecido a un promedio de 30% en dólares durante los últimos siete años, llevando el balance fiscal desde un superávit de 4% del PIB en 2004 a un déficit entre 1% y 2% en 2009-2010, la tasa de interés real ha sido largamente negativa. A su vez, la expansividad de la demanda y los impuestos a las exportaciones han ido dejando las cuentas externas muy vulnerables al comportamiento de los precios de las materias primas y a una eventual fuerte salida de capitales, como ocurrió durante 2009. Con los desequilibrios incubados y las menores holguras, la crisis mundial indujo una fuerte contracción económica el año pasado (4,5%) y una gran salida de capitales (US$ 6 mil millones) que sólo el propio mejoramiento externo pudo revertir.

Así, para este año, algunas estimaciones privadas apuntan a un crecimiento incluso superior a 6% apoyado en la reactivación mundial, el alto dinamismo de Brasil, la recuperación de las materias primas, las mejores condiciones climáticas y la mayor expansividad de las condiciones financieras globales. Esto último, combinado con el canje de deuda en marcha, le permitiría volver a los mercados de crédito y obtener el financiamiento necesario para mantener algunas políticas de demanda.

Lo que ocurra en 2011 dependerá del mundo. Si la crisis europea sólo conlleva un aterrizaje suave a nivel global, con una caída adicional del euro y un ajuste acotado de las materias primas, pero sin transformarse en una nueva crisis financiera, ni afectar mayormente el desempeño de EE.UU y China, la reactivación de Argentina podría consolidarse. Más allá de las elecciones presidenciales del próximo año, la gran duda volverá a estar centrada en la posibilidad de mejorar la institucionalidad macro, reducir las vulnerabilidades y elevar el crecimiento potencial. Sin atacar dichos frentes, Argentina seguiría a merced del viento y metida en su círculo vicioso, en contraste con el virtuoso de Brasil, Chile y otros países de la región.

Por tanto, ante un nuevo escenario adverso de menores precios de materias primas o ausencia de crédito, el consiguiente deterioro fiscal sólo podría ser enfrentado –dice su historia- con financiamiento monetario (impuesto inflación). Después de todo, ya no estarán disponibles ni la deuda barata, ni las “joyitas de la abuela” (empresas públicas y fondos previsionales). Para Uruguay, ese escenario sería más parecido al absorbido desde Argentina durante los ’80: no necesariamente muy perjudicial y muchísimo menos adverso que el enfrentado en 2001-2002. Casi neutral.

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