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Riesgos chinos

Semanario Búsqueda de Uruguay y diario La Tercera de Chile

La economía mundial puede asemejarse a un avión de cuatro motores: EE.UU, Europa, Japón y China. Durante este año hemos estado volando con un motor y medio porque el japonés –que venía casi fundido desde la gran crisis financiera de fines de los ’80- empeoró con el terremoto de marzo, y el europeo –que cargaba con la crisis fiscal- está en riesgo de estallar debido a la propagación del incendio desde la periferia a los países centrales, en el contexto de una respuesta tímida y lenta de los bomberos.

El motor estadounidense, por su parte, ha estado funcionando a media máquina agobiado por el peso del alto endeudamiento público-privado y de los grandes daños en el sistema financiero.

En definitiva, hemos estado volando con China casi como único motor y su impulso al resto de los emergentes.

¿Será suficiente? ¿Se mantendrá el gigante asiático inmune a la crisis global?

Las perspectivas estructurales para China siguen siendo optimistas. Las estimaciones disponibles y la observación de otros procesos de convergencia similares sugieren que China seguiría creciendo en torno a 9% al menos por otra década, impulsada por altas tasas de ahorro e inversión y una mayor productividad de sus factores. Con todo, China sigue expuesta al gran riesgo estructural de un alto grado de centralización y dirigismo en las decisiones económicas. Esto podría detonar, en algún momento, una crisis financiera por proyectos de dudosa rentabilidad o mala asignación de los recursos y del crédito.

Pero el mayor interés está en sus perspectivas y riesgos de corto plazo.

Como consecuencia de la reactivación mundial y de las políticas fuertemente expansivas que adoptó tras la crisis de 2008, China mostró durante el año pasado un altísimo dinamismo de la actividad económica y de la demanda interna, con el Producto Bruto Interno (PBI) creciendo por encima de 10% y el desempleo acercándose a mínimos históricos. El motor se sobrecalentó y la inflación se aceleró desde 1,5% en enero de 2010 hasta 6,5% en julio pasado, debido también a los aumentos de las materias primas y a la insuficiente apreciación de su moneda. En repuesta a ello el gobierno implementó un programa de ajuste en múltiples frentes: fiscal (restricción de gastos), monetario (alzas de tasas de interés), crediticio (suba de encajes y controles cuantitativos), inmobiliario (controles y desincentivos al sector) y cambiario (mayor fortalecimiento del yuan).

Estas políticas restrictivas implicaron que las tasas de crecimiento del dinero y del crédito disminuyeran desde 30% en 2010 al entorno de 15% este año y que el yuan se apreciara casi 10% en poco más de un año. Como resultado, el motor chino se ha estado enfriando, con la expansión del PBI convergiendo al ritmo potencial de 8-9% y la inflación interanual dando señales de moderación. China ya no enfrenta la amenaza de sobrecalentamiento. En contraste han proliferado las alertas sobre los riesgos de sobreenfriamiento debido a la desaceleración global, problemas en su sistema bancario y/o un frenazo inmobiliario.

Pese al tamaño de su economía y la mayor importancia en el crecimiento del gasto interno, el desempeño económico chino sigue dependiendo de la demanda externa. China no está aislada, ni es inmune a una recesión en los países desarrollados. Que siga el desacople estructural entre el mundo industrializado y el emergente es perfectamente consistente con la sincronización de los ciclos en el corto plazo. Así lo señala la caída de 25% mostrada por las acciones chinas durante este año y su acople al ajuste bursátil global.

En cuanto al crédito, hay enormes dudas respecto a la calidad de las carteras de los bancos, al tamaño del mercado informal de préstamos y a la solvencia de los municipios que ejecutaron la expansión fiscal para contrarrestar la crisis global.

Por último, en el sector inmobiliario, se ha observado una desaceleración significativa de las ventas y un fuerte aumento de los inventarios, ensombreciendo las perspectivas para la construcción. Aún en ausencia de burbujas –tema debatible- bastarían ciertas correcciones de precios para afectar la actividad económica y al sistema financiero. Así también lo sugiere la fuerte caída mostrada en las valorizaciones bursátiles bancarias y la reciente decisión del gobierno de aumentar su propiedad en ellos, vía compras de acciones.

Estos riesgos chinos no son nuevos, ni inmanejables. Han estado en el debate por muchos años, pero en la coyuntura actual urge prestarles mayor atención porque si se daña el único motor de la economía mundial el aterrizaje global será forzoso e ineludible. Tranquiliza, sin embargo, que el gobierno haya demostrado gran capacidad de mitigarlos en el pasado. Hacia 2012 cabe esperar –por lo tanto- un relajamiento agresivo del programa de ajuste vigente, con menores tasas de interés, recortes en los encajes, mayor expansión fiscal, menores controles de crédito y un renovado impulso a la inversión pública. Con ello el motor chino seguiría funcionando a su potencial y la economía mundial podría amortiguar la desaceleración proveniente del resto de los motores.

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