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El año que viene (en Uruguay)

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El desempeño macroeconómico de Uruguay en 2013 está prácticamente jugado. Si bien el crecimiento sería similar al del año pasado (3,9%), favorecido por algunos factores transitorios, la desaceleración subyacente de la actividad habría continuado debido al menor impulso de la región y la incidencia de algunos desequilibrios internos.

La inflación, en particular, va camino a cerrar el año cerca de 9%, con los indicadores subyacentes rumbo a 10%. Esto impidió una gran mejora en competitividad, pese al alza del tipo de cambio derivada del fortalecimiento regional y global del dólar.

El mercado laboral, en tanto, mostró un leve deterioro adicional, pero el desempleo se mantuvo cerca de sus mínimos históricos.

Por último, el déficit fiscal cayó desde 3% a ±2% del PIB favorecido por una menor expansión (real) del gasto y un mayor aporte de las empresas públicas, en parte por la buena pluviometría y la consiguiente menor importación de combustibles. Esto, a su vez, ayudó a moderar en algo el alto déficit en cuenta corriente en la Balanza de Pagos (5,3% del PIB en 2012).

Se trata de un balance sin grandes sorpresas respecto a lo presupuestado hace un año y que permite ir delineando algunas perspectivas para 2014.

Desde la economía mundial, cabe esperar la consolidación de las transiciones iniciadas en el último tiempo y, por ende, un impulso relativamente similar al de este año. Cierto. El nuevo “escenario normal” contempla un crecimiento global que seguiría cercano al promedio histórico (3,5%), con una expansión de China en torno a 7,5% y una reactivación adicional de Estados Unidos. Europa y Japón seguirían recuperándose gracias a sus paquetes de estímulos, pero sin una incidencia mucho mayor en el crecimiento global.

Si bien continuaría la caída del desempleo, sobre todo en Estados Unidos, las holguras prevalecientes en los países desarrollados estarían aún lejos de cerrarse. Esto prolongaría la estabilidad de precios tal como lo anticipa las bajas expectativas de inflación.

Por lo tanto, los principales bancos centrales mantendrían las tasas referenciales en casi cero por otro año más, aún cuando irían disminuyendo la expansión monetaria vía menores compras de bonos de plazo. Como la Reserva Federal lideraría esta transición, la tendencia al fortalecimiento global del dólar podría continuar, sobre todo frente a países emergentes vulnerables. Entre estos, destacan los llamados Biits: Brasil, India, Indonesia, Turquía y Sudáfrica.

Que el crecimiento mundial sea menor al observado en 2003-2008 y en el rebote de 2010, combinado con la mencionada apreciación del dólar, consolidaría también el giro hacia menores precios de materias primas.

Si bien todas estas transiciones no necesariamente serán desestabilizadoras para la región, van afianzando un escenario cada vez menos favorable para Argentina y Brasil, ambos sumidos en sus propios problemas internos.

Para la economía brasileña, este año vino a confirmar su bajo crecimiento potencial y la urgente necesidad de reformas por el lado de la oferta. Con un déficit fiscal de 4% del PIB e inflación rebelde en torno a 6%, ya no quedó espacio para políticas de demanda. Al contrario. El Banco Central debió subir la tasa Selic desde 7% a 9,5% y el ajuste va continuar hasta un nivel (sobre 10%) que dependerá finalmente del repliegue de capitales externos y la depreciación (adicional) del real.

Todo ello apunta a la mantención de un crecimiento relativamente bajo durante el próximo año, entre 2% y 3% según el consenso, aún contando los efectos (marginales) del Mundial, la mayor inversión en infraestructura y cierto aumento del gasto público por las elecciones. Estas, además, postergarían cualquier intento de reformas hasta 2015.

En cuanto a Argentina, las señales tras los comicios legislativos parecen afirmar el escenario de “status quo con algunos ajustes” planteado en mi columna anterior. Dicho escenario contemplaba un retorno al estancamiento de la actividad, más financiamiento monetario del déficit fiscal, mayor presión a la salida de capitales, una aceleración adicional en la devaluación del peso y la prolongación de la inflación en el entorno de 25%. Para Uruguay, esto implicará seguir absorbiendo deflación en dólares, menores flujos de inversión agropecuarios e inmobiliarios y una contracción adicional en la demanda por bienes y servicios.

Todo lo anterior implica para Uruguay un menor impulso externo (sobre todo desde los vecinos), que no necesariamente será compensado por factores internos.

Si bien la política fiscal podría tornarse más expansiva teniendo en cuenta el ciclo electoral, los márgenes disponibles serían acotados si –como se estima- el déficit fiscal retoma una tendencia alcista. A su vez, con los indicadores de inflación subyacente rumbo a 10%, el Banco Central podría mantener el sesgo monetario más contractivo adoptado recientemente. Y por último, ya no estaría la incidencia positiva de la generación hidroeléctrica o de la construcción de Montes del Plata (aunque sí la derivada del inicio de su producción).

En conclusión: la desaceleración se extendería al próximo año, sin que –por ahora- se vea muy probable una recesión. Una expectativa de crecimiento en torno 3% parece razonable, aunque con el balance de riesgos inclinado a la baja (2% sería más probable que 4%).

Si bien ello llevaría a un deterioro adicional en el mercado laboral, no necesariamente atenuaría las presiones inflacionarias. Con expectativas muy desancladas, indexación salarial y sesgo alcista del dólar, se ve poco probable que la inflación ceda y haya ganancias perdurables de competitividad. Allí seguirá estando la principal preocupación del manejo macroeconómico.

  1. Victoria ferreira
    noviembre 11, 2013 en 03:28

    Excelente columna de Aldo muy concreta y precisa

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