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El sombrío “Brasil 2014”

Hace casi nueve meses que la Reserva Federal de Estados Unidos insinuó el inicio de la moderación de los estímulos monetarios, y hace dos que lo ha estado concretando con menores compras de bonos. Paralelamente, desde aquel emblemático 22 de mayo en que habló Ben Bernanke, varias economías emergentes registraron turbulencias financieras y una mayor desaceleración de la actividad.

Fue así que estos países volvieron al centro del debate, pero ahora porque este nuevo ciclo mundial desnuda muchos de sus problemas, o amenaza con eventuales crisis en algunos de ellos.

Por una lado, están los menos vulnerables, cuyos bancos centrales –pese a las menores entradas de capitales y la mayor depreciación de sus monedas- han podido mantener bajas las tasas de interés, o incluso recortarlas. En la región, los casos más emblemáticos han sido Chile, Colombia, Perú, y en menor medida, México. Estos son ejemplos de países que han llegado a este nuevo ciclo con esquemas creíbles de metas de inflación, en un contexto de estabilidad de precios y expectativas ancladas.

Por otro lado, están los denominados “frágiles”, donde destacan Brasil, India, Indonesia, Turquía y Sudáfrica (agrupados en la sigla BIITS), cuyas autoridades monetarias han tenido que subir fuertemente las tasas de interés debido a los desvíos y desanclajes inflacionarios.

¿Por qué Brasil, tan relevante para la región y parte del mundo, queda en este último grupo?

Pocos dudan sobre los avances brasileños de la última década para reducir la inestabilidad macroeconómica. El contraste con las crisis actuales de Argentina y Venezuela lo refleja más nítidamente. Sin embargo, dichos progresos aparecen menos significativos si se usan los estándares más exigentes de otros países en la región (Chile o Perú, por ejemplo) o de otros emergentes (algunos asiáticos).

La economía brasileña enfrenta esta transición global con algunos desequilibrios significativos.

En primer lugar, si bien la inflación se ha moderado desde el máximo de 6,7% alcanzado en junio hasta 5,6% en enero, ha sido en parte por ciertos componentes volátiles y la represión de algunas tarifas públicas. Los indicadores subyacentes aún siguen en el tramo alto del rango del Banco Central (4,5%-6,5%).

Segundo, las finanzas públicas cerraron 2013 con un déficit en torno a 3,5% del PIB, pese a que la economía se encuentra en pleno empleo, sin capacidad ociosa. En este frente, la mayor fragilidad ha quedado en evidencia con la caída del superávit primario desde cerca de 4% del PIB a mediados de la década pasada, a menos de 1% el último año, según la medición subyacente de JP Morgan.

Tercero, dicho déficit fiscal se refleja en un desequilibrio equivalente en la cuenta corriente de la Balanza de Pagos. Es decir, el exceso de gasto imperante en el conjunto de la economía está lejos de ser por un boom de inversión privada (nacional o extranjera), sino que simplemente refleja la insuficiencia de ahorro público.

Por último, pese a la depreciación registrada por el real en los últimos dos años, en parte como consecuencia de la desaceleración, Brasil sigue estando muy “caro en dólares” (dado su desarrollo relativo) y con graves problemas de competitividad. Estos también reflejan la elevada carga tributaria, la baja apertura comercial e inserción externa y el déficit en infraestructura y capital humano.

Justamente, es en todos esos frentes donde a la economía brasileña le sigue penando la falta de reformas estructurales o políticas de oferta que hubieran elevado el crecimiento potencial. Si Brasil sólo creció 3,5% en la última década, con todo el viento a favor y el impulso de validar el modelo económico y la estabilidad macro por parte del Partido de los Trabajadores, parece utópico esperar expansiones mayores a 2% en tiempos adversos. Si antes le complicaba las bajas tasas de Estados Unidos y el dólar globalmente débil, ahora más va a sufrir con el ajuste monetario de la Reserva Federal y la fortaleza de la divisa norteamericana.

De hecho, la proyección de crecimiento para este año han seguido ajustándose a la baja y hay quienes incluso la ubican en apenas 1,5% o incluso menos. Ya se internalizó que los efectos en actividad de los eventos deportivos serán poco significativos y que –pese a las elecciones de octubre- no hay grandes espacios para impulsos fiscales.

En cambio, los riesgos aún latentes son una fuerte depreciación adicional del real y la reaceleración de la inflación, lo cual mantiene la expectativa de nuevos aumentos en la tasa SELIC por parte del Banco Central. Todo ello configura un sombrío “Brasil 2014”, donde –como en otros países- también gana probabilidad el escenario de “estanflación”: estancamiento con inflación.

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