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La gran amenaza

Búsqueda (Uruguay) y Pulso (Chile), 27 de marzo

Tres son los mayores riesgos externos que enfrentarían los países emergentes y en particular de América Latina, durante los próximos dos o tres años. Primero, la normalización de las tasas de interés en Estados Unidos y su consecuencia histórica de catalizar crisis en algún país o activo. Segundo, que la transición actual de China hacia un menor crecimiento potencial involucre una desaceleración mayor a la prevista. Y tercero –lo que sería la gran amenaza-, que ambos riesgos se den juntos, o sea, que el ajuste monetario estadounidense desencadene esta vez una crisis justamente en el gigante asiático. Miremos, por lo tanto, cómo está China.

“Nadie entiende bien cómo funciona la economía china” decía recientemente el economista Ricardo Caballero en una entrevista en diario Pulso (Chile). De ahí que sea prudente ponderar, por un lado, los análisis sistemáticamente optimistas sobre su desempeño, que la colocan siempre como “la tabla de salvación” del mundo, con los enfoques más pesimistas, que sugieren en forma recurrente un aterrizaje duro a la vuelta de la esquina. Quizás, esta bipolaridad responda a que unos enfatizan las fortalezas estructurales y otros las amenazas cíclicas. Porque China tiene de ambas.

Las fortalezas estructurales están vigentes, pero requieren reformas para que no se debiliten. Es cierto que China tendría un crecimiento potencial cercano a 7,5% en la próxima década, dado su bajo nivel de ingreso per cápita. Pero dicha cifra, que hoy se justifica mayoritariamente en el altísimo aporte de la inversión, exigirá una mayor contribución de capital humano y productividad.

Algunas de las reformas anunciadas a fines del año pasado, tras la realización del Tercer Plenario del Partido Comunista, parecen ir en esa dirección. Junto con reafirmar el “rol decisivo del mercado” en la asignación de los recursos, se enfatizaron varias “políticas de oferta”. Destacaron, entre otras, la flexibilización en la política de un solo hijo, el fortalecimiento de la institucionalidad fiscal (introducción del IVA, cambios en la relación entre el gobierno central y las provincias, menor endeudamiento en estas últimas, etc), mejoras en los gobiernos corporativos de las empresas públicas, mayores facilidades para la iniciativa privada, consolidación de los derechos de propiedad en el sector rural y una mayor apertura financiera y bancaria.

Esto último, que incluiría la liberalización de las tasas de interés y menores intervenciones cambiarias, aparece como una reforma clave y compleja a la vez. Clave por su rol en el crecimiento económico dada la transición hacia un mayor consumo (y menor ahorro interno). Compleja porque convivirá con los problemas de cartera vencida derivados del último boom crediticio y la necesidad de regular “el sistema bancario en las sombras”.  Y todo ello en un contexto de ajuste en la liquidez mundial.

En cuanto a las amenazas cíclicas, se han destacado los problemas de deuda y de desaceleración de la actividad.

Por el lado del crédito, la atención últimamente ha estado centrada en la quiebra de un par de empresas y en el alto nivel de endeudamiento implícito en el sector privado no financiero (250% del PIB). Ambos hechos son preocupantes, pero parecen sobredimensionados y ocultan posiciones relativamente robustas, tanto en la economía en su conjunto, como en el gobierno en particular. Cierto. China, como un todo, es acreedor neto del resto del mundo como reflejo de haber acumulado superávit en cuenta corriente por un largo tiempo. Y el gobierno, si bien ha tenido déficit, su deuda bruta es relativamente baja y su posición neta acreedora, dada la enorme acumulación de activos internacionales.

Por el lado de la actividad, luego de crecer cerca 8% durante 2012-13, los indicadores disponibles para el primer trimestre de este año sugieren un aterrizaje hacia tasas menores, incluso cercanas a 6%. Esto estaría explicado por una demanda externa más débil (menor aporte de las exportaciones), pero sobre todo porque el ajuste propiciado por las autoridades en la inversión pública (y privada vía restricciones de crédito) sigue sin ser completamente compensada por el consumo privado.

Como resultado, las presiones de precios se han mantenido contenidas, con la inflación fluctuando en torno a 2%, muy por debajo de la meta oficial de 3,5%.  Esto –combinado con la mencionada ausencia de otros grandes desequilibrios- le permitiría nuevamente a China reaccionar con políticas expansivas ante la desaceleración. La reciente ampliación de la banda de cambiaria desde ±1% a ±2% para permitir cierta depreciación (transitoria) del yuan fue un primer paso. Y volveríamos a ver otros como los adoptados en el pasado: rebajas en los encajes bancarios, recorte en la tasa de interés referencial, reimpulso de la inversión pública e incluso menores restricciones a la expansión del crédito. Otro déjà vu.

Queda claro que los desafíos estructurales y cíclicos de la economía china siguen siendo enormes. Pero la historia sugiere que sus autoridades han sabido manejarlos. Por lo tanto, el escenario más probable continúa siendo –por ahora- que se mantenga creciendo en torno al potencial y llegue relativamente bien preparada a la normalización de tasas de Estados Unidos. La gran amenaza –si bien seguirá en el radar- se ve hoy con baja probabilidad de ocurrencia.

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