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¿Tocó fondo Brasil?

Se esperaba un sombrío Brasil 2014 en materia económica y la realidad ha confirmado esa expectativa. No hubo una debacle como la exhibida en el plano futbolístico, pero el deterioro ha sido persistente. Hoy más que nunca reviven las dudas sobre si la situación puede empeorar tras el Mundial y sus interacciones con el ciclo político y electoral. ¿O la economía también “tocó fondo”?

Acorde a lo previsto, lo más crítico ha sido la ratificación del escenario de estanflación: de estancamiento con inflación. Por un lado, durante el primer semestre, el Producto Bruto Interno (PIB) estuvo prácticamente estancado respecto al cierre de 2013 y parece encaminarse hacia un crecimiento de apenas 1% en el año en su conjunto.

Por otro, la inflación siguió acelerándose, pese a la apreciación del real y los controles artificiales de algunas tarifas públicas. A junio, la variación interanual del IPC se ubicó en el techo del rango meta del Banco Central (6,5%). Esto ha llevado al instituto emisor a subir la tasa de interés (Selic) hasta 11%, nivel en torno al cual se estima que permanecería por un largo período.

Pero además de la rebeldía inflacionaria, se han intensificado algunos de los principales desequilibrios que la economía arrastra desde hace algunos años.

Primero, pese a los anuncios de recortes de gasto y subsidios en 2013, el déficit fiscal acentuó la tendencia alcista este año, ubicándose a mayo en 3,5% del PIB. El superávit primario –que resulta de excluirle los intereses al déficit- cayó a 1,5% del PIB y a casi cero –según JP Morgan- sin ingresos extraordinarios. Esta deteriorada posición fiscal, que es la peor desde la crisis de 2009, responde a la menor recaudación tributaria derivada del estancamiento de la actividad y a la reaceleración electoral del gasto público.

Segundo, este déficit gubernamental continúa explicando casi completamente el exceso de gasto que exhibe la economía en su conjunto y que se refleja en un desequilibrio equivalente en la cuenta corriente de la Balanza de Pagos.

Por último, están los problemas de competitividad, en parte como consecuencia de todo lo anterior. No se necesita ser especialista para comprobar que Brasil aparece “estructuralmente caro”, con un nivel para el Tipo de Cambio Real (TCR) insostenible si –como se espera- los fundamentos se van normalizando. Cualquiera que lo haya visitado con motivo del Mundial, pudo comprobarlo por cuenta propia.

Con todo, pese a este deterioro general, durante los últimos meses aparecieron algunas señales algo menos pesimistas. Desde mediados de marzo, vimos una fuerte recuperación de los precios de los activos, en un contexto de apreciación cambiaria. Por un lado, la bolsa subió casi 30% en este período y el riesgo país –medido como el spread soberano- volvió a cerca de los 200 puntos básicos. Por otro, el dólar cayó desde 2,45 a 2,20 reales, en un contexto de menor salida de capitales y aumento de las reservas internacionales netas.

Es evidente que esto obedeció mayoritariamente a un mejor clima para los emergentes y al contagio positivo del rebote de sus mercados. Sin embargo, hay quienes también sostienen que podría reflejar, en menor medida, un posible giro hacia mejores políticas tras el ciclo electoral. No puede descartarse, dicen, que pudieran introducirse algunas reformas que eleven en algo el crecimiento potencial.

Dichos ajustes se perciben más probables en un gobierno de la oposición, liderado por el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), pero tampoco se descartan si continúa el Partido de los Trabajadores y Dilma Rousseff. Después de todo, con tantos problemas económicos, la necesidad de cambio y de ciertas reformas podría ir ganando apoyo transversal.

Algo de eso parece estar en las encuestas. Primero, la elección se ha ido tornando más competitiva y eso podría acentuarse tras la debacle futbolística y el fin del Mundial. Segundo, la intención de voto de la presidenta ha caído algo a lo largo del año, pero aún se mantenía cerca de 40% en junio. Tercero, el resto de los candidatos totalizaban una cifra similar, por lo que habría segunda vuelta. Cuarto, en esa instancia, Rousseff triunfaría frente a Aécio Neves, el candidato del PSDB que –con 20%- le secunda en las preferencias, pero por un margen que se ha venido estrechando en los últimos meses.

Que la elección aparezca más reñida, más “peleada” por el centro, quizá valide expectativas de cambios y reformas pro crecimiento. Sin embargo, no cabe esperar una agenda ambiciosa y comprensiva, que incluya mayor apertura comercial, reducciones en la carga tributaria, menor dirigismo estatal, desregulación de ciertos sectores y un boom de capital humano e infraestructura. Quizás veamos algunas medidas aisladas hacia 2015, pero nada que lo vaya a sacar a Brasil en el corto plazo de sus indicadores mediocres. Todo indica que su desempeño seguirá muy condicionado por los desequilibrios acumulados y el escenario menos favorable desde el resto del mundo. O sea: “más de lo mismo”, sin necesariamente haber “tocado fondo” aún.

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