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El segundo tiempo uruguayo

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Podríamos decir que ha terminado el “primer tiempo” del año económico uruguayo. ¿Cómo ha sido el resultado hasta ahora? ¿Cuáles han sido sus principales determinantes? ¿Qué cabe esperar para el “segundo tiempo” de este 2014?

Acorde a lo esperado, el resultado del primer semestre estuvo condicionado por “el menor viento a favor” externo y los problemas acumulados internamente desde hace varias temporadas. No hubo grandes sorpresas.

Por un lado, “el menor viento a favor” provino fundamentalmente desde la región, ya que el impulso del resto del mundo fue muy similar al registrado el año pasado.

Aunque con realidades y causas diferentes, el escenario de estanflación –estancamiento con inflación- caracterizó a Argentina y Brasil en lo que va de 2014. Ambos acentuaron sus desequilibrios, en particular en materia inflacionaria, pero claramente en magnitudes muy diferentes (40% interanual en Argentina y 6,5% en Brasil).

Esto obligó a sus bancos centrales a restringir el dinero, validar mayores tasas de interés y limitar la depreciación de sus monedas. En eso los ayudó cierta estabilidad de las condiciones financieras internacionales. De hecho, pese a la menor expansión monetaria de la Reserva Federal, por la moderación en las compras de bonos, las tasas largas cayeron en Estados Unidos, el dólar se mantuvo relativamente estable a nivel global y los spreads crediticios mostraron caídas adicionales en países emergentes. Si a ello sumamos la reaceleración del crecimiento mundial y los altos precios de los alimentos, podría concluirse que el impulso extrarregional parece haberse mantenido.

Por otro lado, los desequilibrios acumulados internamente condicionaron el crecimiento de Uruguay al limitar su capacidad de realizar políticas contracíclicas.

Las presiones inflacionarias siguieron encabezando la lista de preocupaciones, pero también se acentuaron las ligadas al déficit fiscal, el exceso de gasto en la economía en su conjunto (déficit en cuenta corriente de la Balanza de Pagos), los consiguientes problemas de competitividad y los cuellos de botella que restringen el crecimiento potencial.

Si bien la variación interanual del IPC se devolvió a cerca de 9% en mayo-junio, en parte reprimida por los acuerdos de precios y los manejos administrativos de tarifas, la inflación subyacente se ha mantenido en el entorno de 10%. Es cierto, en todo caso, que ese núcleo dejó de acelerarse, reflejando la desaceleración monetaria, la reciente estabilidad del dólar y algo de menor presión salarial. Hay dudas, sin embargo, sobre la sostenibilidad de estos tres factores durante los próximos trimestres: si el Banco Central mantendrá el tono contractivo de la política, cuánto más seguirá “planchado” el tipo de cambio y si realmente habrá desindexación salarial.

Por su parte, la prolongación del exceso de gasto en la economía quedó reflejada en un déficit en cuenta corriente que se mantuvo cercano a 6% del PIB durante el primer semestre. Casi la mitad de este alto desbalance es atribuible al déficit fiscal, que volvió al entorno de 3% del PIB, y el resto a la mayor tasa de inversión, fundamentalmente extranjera. Estos desequilibrios, si bien son manejables en el corto plazo, exigirán un mayor ajuste cambiario ante un súbito repliegue de capitales desde países emergentes. La duda no está en la disponibilidad de financiamiento en el horizonte cercano o la necesidad de un posterior ajuste. La duda está en cuándo, cómo y con qué costos se procesará.

En definitiva, todo lo anterior desencadenó una desaceleración adicional de la actividad en lo que va del año, pese al crecimiento extendido de la demanda interna y el mayor valor agregado de la generación hidroeléctrica por las mayores lluvias. Si bien no cabe hablar de un escenario recesivo, porque un conjunto más amplio de indicadores tienden a descartarlo, lo cierto es que el PIB habría estado prácticamente estancado respecto al cierre de 2013, convergiendo a un crecimiento interanual quizá cercano a 1% en el segundo trimestre. Esta sería la menor expansión en el último quinquenio, desde el pobre desempeño de mediados de 2009 detonado por la crisis financiera global.

La expectativa para el segundo tiempo –la segunda mitad del año- no es muy auspiciosa. Parece improbable una desaceleración adicional, pero tampoco es esperable una gran reactivación. Quizá el crecimiento interanual algo se recupere, pero sin alterar el pronóstico de una expansión entre 2% y 3% para el año en su conjunto. Para el resto de las variables relevantes el panorama tampoco ha cambiado mayormente. Por un lado, una mejora adicional en el mercado laboral se ve poco factible. Por otro, más que una reversión de los desequilibrios, en general se contempla una prolongación de los mismos.

Con el ciclo electoral como telón de fondo, la atención estará muy centrada en “el nuevo cuerpo dirigencial y técnico”, pero poco en los resultados económicos. Ante una mayor incertidumbre regional y local, la prudencia debería dominar las decisiones de empresarios y consumidores. Lo único seguro es una cancha más complicada, con un viento menos favorable aún, todo lo cual se profundizaría en las temporadas 2015 y subsiguientes. Para muchos “el segundo tiempo” del año económico ya está casi jugado y empiezan a delinear “los próximos partidos”.

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