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Los mensajes del colapso argentino

septiembre 24, 2011 Deja un comentario Go to comments

Como con Argentina hace 10 años, muchos se preguntan hoy por qué Grecia fracasó si aparentemente habría cumplido con el recetario. Como con Argentina hace 10 años la respuesta es simple: Grecia sólo cumplió parcialmente, y de lo que hizo, mucho fue mal ejecutado. Comparto mi columna de hace 10 años.

Diario La Tercera (24 de diciembre de 2001)

Argentina empieza a transitar el doloroso camino de un fuerte empobrecimiento con agudo deterioro en la calidad de vida de su población. En crisis recientes de características similares, la caída del producto en dólares ha oscilado entre 35% en Indonesia y 60% en Rusia.

Para Argentina esto significaría retornar a un ingreso per cápita cercano a US$ 4.500 en el mejor de los casos o por debajo de US$ 3.000 en el más traumático. En paralelo, ello se reflejará en un significativo retroceso en los índices de desarrollo humano. En anticipo de esto, una conclusión empieza a inundar el Río de la Plata: este derrumbe económico y político es consecuencia de la adopción del modelo liberal basado en el Consenso de Washington. Muchos se preguntan por qué Argentina fracasó si aparentemente se habría cumplido con el recetario. La respuesta es simple: Argentina sólo cumplió parcialmente, y de lo que hizo, mucho fue mal ejecutado.

Un elemento crucial en la mala ejecución del modelo pasa por la situación de insolvencia de sus finanzas públicas. Durante los ’80, el financiamiento del desequilibrio fiscal descansó mayoritariamente en emisión de dinero, a partir de lo cual Argentina desembocó en la hiperinflación. Durante los ’90, mientras se acentuaba la irresponsabilidad fiscal y el crecimiento del tamaño del gasto público (como porcentaje del PIB) , el impuesto inflación dio paso a la venta de empresas públicas. Con el agravante de que varias de las privatizaciones generaron monopolios privados (mal regulados) y acrecentaron los focos de corrupción. A diferencia de lo ocurrido en Chile entre 1973 y 1989, en que -paralelamente al proceso privatizador- el gasto fiscal se rebajó desde 45% a 19% del PIB, propiciando un fuerte incremento del ahorro nacional y una menor dependencia del ahorro externo, en Argentina los desequilibrios fiscales se profundizaron y dieron lugar a un insostenible nivel de razón deuda pública a producto.

Consecuencia: agotadas estas tres fuentes de financiamiento no quedó otra alternativa que llevar el déficit a cero. Como ni siquiera se consiguen recursos para enfrentar los vencimientos de deuda, se transfieren en el tiempo (megacanje) o definitivamente no se honran (moratoria).

En segundo lugar, Argentina ha mantenido un bajo grado de apertura de su economía. A diferencia de Chile, que durante los ’70 inició un proceso de apertura unilateral de la economía con un arancel único y parejo a todas las importaciones que llegará a 6% en 2003, Argentina se ha mantenido relativamente cerrada, ha perpetuado las ineficiencias y ha desaprovechado la oportunidad de explotar sus ventajas comparativas y diversificar sectorial y geográficamente sus exportaciones.

Consecuencia: una baja apertura económica socavó el crecimiento económico, y como consecuencia, profundizó los problemas fiscales.

Por último, el sistema de tipo de cambio fijo tuvo una “etapa fácil” mientras el dólar se debilitaba en el mundo (1992-1996) o la moneda de su principal socio comercial (Brasil) se mantuvo artificialmente fuerte. Sin embargo, desde 1998, con la apreciación del dólar primero y la devaluación del real después, la rigidez del esquema cambiario dificultó los ajustes de precios relativos. La elevada dolarización del sistema financiero hizo impensable salir del tipo de cambio fijo sin costos patrimoniales significativos para las familias, las empresas y el sistema bancario. Queda claro que la opción escogida por Chile en los últimos 20 años ha sido la adecuada. En un mundo de paridades internacionales y regionales volátiles, son preferibles los esquemas cambiarios ajustables o de flotación cambiaria, especialmente cuando van acompañados de un enfoque de metas de inflación y alta participación de la moneda nacional en el sistema financiero (ya sea en términos nominales o en instrumentos indizados al IPC).

Consecuencia: se incubó un desequilibrio cambiario de por lo menos 30% que no sólo llevó a los sectores transables a una fuerte recesión, sino que desalentó la entrada de capitales.

En definitiva, del descalabro económico y político argentino quedan para Chile mensajes nítidos. Parece claro que es necesario perseverar en la estrategia de apertura comercial unilateral que estimula el crecimiento, la disciplina fiscal que inhibe el recurso de endeudarse, la reforma del estado y la flexibilidad cambiaria. Todo ello acompañado de un adecuado diseño institucional que privilegie los intereses colectivos por sobre los sectoriales en el diseño de las políticas públicas.

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