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Uruguay 2012: Mejores perspectivas, mayores desequilibrios

Semanario Búsqueda (9 de febrero)

Ya hay elementos suficientes que justifican una revisión de las perspectivas económicas de Uruguay para este año. Por un lado, el inicio de 2012 ha traído desarrollos globales más favorables que descartan los escenarios más pesimistas para la economía mundial. Y por otro lado, se han difundido un conjunto amplio de indicadores para el cierre de la economía uruguaya 2011 que permiten calibrar sobre todo el estado actual de algunos desequilibrios.

Con la expansión de Producto Bruto Interno (PBI) en torno a 6%, Uruguay completó en 2011 el noveno año de bonanza económica estimulada por un gran impulso externo y el carácter fuertemente procíclico de las políticas locales. Así, el crecimiento uruguayo fue similar al promedio de los países emergentes (6%) y se ubicó nuevamente entre el argentino (9%) y el brasileño (3%).

El fuerte impulso externo también provino de los precios históricamente altos de las materias primas, las bajas tasas de interés internacionales, la debilidad global del dólar y las favorables condiciones financieras para los países latinoamericanos, todo lo cual no se vió mayormente afectado por la crisis europea.

El carácter procíclico de las políticas locales volvió a manifestarse en la falta de superávit fiscal, las señales agresivas en materia salarial y la fuerte expansividad de la política monetaria, con tasas de interés cortas que fueron negativas en términos reales. Como resultado, los últimos indicadores nos recuerdan la compleja contracara de la bonanza extendida: con el ciclo maduro, sin pie en el freno, algunos desequilibrios se han ido profundizando.

Que el desempleo haya promediado 6% en 2011 sugiere la sobreutilización de los factores productivos y la imposibilidad de mantener el crecimiento sobre el potencial sin un recrudecimiento de las presiones inflacionarias o de otros desbalances. De hecho, pese a que en enero la variación del Índice de Precios al Consumo (IPC) se moderó a 0,7% y a 8,1% en los últimos doce meses, no hay fundamentos que justifiquen una desaceleración más permanente, ni un rápido retorno al rango meta (4-6%). Las expectativas privadas siguen desancladas y las presiones de costos, tanto salariales como externos, van en ascenso.

La ausencia de capacidad ociosa y un crecimiento sobre el potencial deberían haberse traducido en una posición fiscal mucho mejor que el déficit de 0,8% del PBI recientemente divulgado para 2011. El desequilibrio estructural, es decir, corrigiendo por el ciclo y normalizando los gastos en petróleo en ANCAP, habría sido probablemente superior a 3% del Producto. Ello se explica por la caída mostrada en el superávit primario –que excluye intereses- desde 4% a 2% del PBI durante el último cuatrienio.

El déficit fiscal, combinado con el altísimo dinamismo de la demanda privada, ha seguido deteriorando la balanza comercial y haciendo cada vez más dependiente el financiamiento del crecimiento (y la inversión) del ahorro externo. Ya el déficit en cuenta corriente de la Balanza de Pagos está sobre 2% del PBI, con riesgo de seguir aumentando por el mayor gasto, el alza del petróleo y los precios de exportación más estables.

Con todo, pese a estos mayores desequilibrios, que alertan sobre la sostenibilidad de la prosperidad en el largo plazo y costos de un final abrupto del ciclo, las perspectivas para el crecimiento uruguayo en 2012 parecen estabilizadas e incluso con sesgo a mejorar si se consolida el entorno externo que describía en mi columna previa.

En un escenario caracterizado por la reaceleración china, la resiliencia estadounidense, el desacople global de la crisis europea, la debilidad extendida del dólar, la fortaleza estructural de los commodities y una gran expansividad de las condiciones financieras, Uruguay podría crecer 5% o más durante este año. A ello también contribuirían las consiguientes mejores perspectivas para Argentina y Brasil, así como la incidencia entre 0,5% y 1% de la construcción de la planta de Montes del Plata. Como resultado, la demanda interna prolongaría su alto dinamismo, con un crecimiento nuevamente superior al Producto, mientras que el mercado laboral, aunque algo menos dinámicos, se mantendría con un desempleo históricamente bajo.

Sin señales de políticas anticiclicas, todo indica que los desequilibrios mencionados se acentuarían y desembocarían –una vez más- en una inflación en dólares mayor a la importada del resto del mundo. Seguirían habiendo, por lo tanto, problemas de competitividad en algunos sectores transables, de costosa reversión en el largo plazo, y que derivan del sobrecalentamiento económico, los bajos niveles de ahorro interno y los reajustes salariales desalineados de la productividad.

Durante el último bienio, la inflación en dólares se ha materializado mayoritariamente a través de una aceleración del IPC mientras se buscaban defender ciertos objetivos cambiarios. Si como se ha dejado entrever, ahora el gobierno va a privilegiar la estabilidad de precios, el mayor peso del ajuste recaería este año en el precio del dólar. Tanto más cuanto mayor sea el compromiso inflacionario, los aumentos salariales y la expansión de gasto público.

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