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¿Sobrevivirá la Eurozona?

Búsqueda (Uruguay) y diario Pulso (Chile)

La unión monetaria puede llevar a la desunión política en Europa predijo Milton Friedman en 1997. Hoy, como nunca antes, dicho pronóstico parece validarse, con la incipiente resistencia al proceso en algunos sectores de países centrales “ordenados” como Alemania, Finlandia y Holanda, o con el recrudecimiento de demandas por autonomía regional, como las de Cataluña en España. Tampoco se escuchan voces cuestionando las decisiones de Inglaterra, Noruega o Suecia de embarcarse sólo en la integración comercial (Unión Europea), pero sin avanzar en la monetaria (Eurozona), para preservar la capacidad de realizar ajustes cambiarios.
En esta coyuntura, ¿qué esperar para la Eurozona? ¿Cumple las condiciones para sobrevivir? ¿O se irá desintegrando?

Ya hace más de medio siglo, Robert Mundell, premio Nobel de Economía, planteó al menos tres requisitos para la viabilidad de una unión monetaria: a) que sus integrantes estuvieran expuestos a shocks y ciclos económicos similares; b) que existiera alta movilidad de factores productivos en la zona; y c) que hubiera un alto grado de integración fiscal con mecanismos de trasferencias compensatorios entre países. A su vez, con el tiempo, fue ganando terreno la necesidad de una supervisión bancaria común para asegurar también la convergencia en políticas y ciclos de crédito.

Si una región o un grupo de países tuvieran un alto grado de cumplimiento de estas cuatro condiciones, los beneficios de crear un área monetaria común serían mayores al escenario de múltiples monedas nacionales. Estados Unidos ha sido un buen ejemplo en este sentido. Pese a su extensión geográfica y la diversidad implícita en los cincuenta estados que lo componen, dicho país ha evidenciado alta movilidad laboral (en parte por el idioma común) y políticas fiscales y crediticias relativamente homogéneas. Si bien han enfrentado shocks asimétricos, el federalismo ha permitido amortiguarlos con transferencias desde el gobierno central a las regiones perjudicadas, o con un grado suficiente de flexibilidad en precios y salarios.

En contraste, en la Eurozona, pese a los avances de las últimas décadas, todavía persiste un largo debate sobre los grados de cumplimiento de los mencionados prerrequisitos. Y por cierto, esta crisis está operando como prueba para medirlos.

De las cuatro condiciones, la que Europa parecía cumplir mejor en lo previo, era la similitud en ciclos económicos entre países. Con todo, la crisis demostró que los shocks recientes tuvieron consecuencias muy diferentes entre países, en parte por la heterogeneidad subsistente en políticas e instituciones. La realidad de la periferia o los llamados PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España) es peor a la del resto. Por lo demás, su alto y persistente desempleo revela poca flexibilidad salarial para revertir el desalineamiento en costos laborales unitarios que tuvieron frente a los países centrales en la última década.

A su vez, en cuanto a la movilidad de los factores productivos, existe consenso de que es muy alta en el caso del capital, pero no parece sea lo suficiente en el mercado del trabajo. Pese al pasaporte común, siguen existiendo barreras culturales, empezando por las diferencias idiomáticas, que traban o enlentecen, por ejemplo, la emigración de griegos a Alemania o de españoles a Finlandia.

En la unión fiscal –el tercer requisito- los progresos han sido escasos. Es cierto que el Tratado de Maastricht estableció metas en términos de déficit y deuda, pero la realidad demostró el incumplimiento de los compromisos, la prociclicidad de las finanzas públicas y la falta de convergencia. Peor aún, ya antes de esta crisis, hubo notorias divergencias, con países como Grecia e Italia, con niveles de endeudamiento superiores al 100% del Producto. Hoy existe creciente presión sobre los países centrales para avanzar hacia una unión fiscal, con mayores transferencias hacia la periferia o la emisión de deuda común. Pero es impensable que Alemania lo acepte sin que los “problemáticos” cedan soberanía fiscal y adopten políticas e instituciones “estilo alemán”.

Por último, las políticas bancarias y financieras, tampoco escaparon a la heterogeneidad. No hubo regulación, ni supervisión común, ni siquiera en el caso de un mismo país, como lo reflejó el trato diferencial del regulador español a sus bancos y Cajas. Eso profundizó y diferenció los ciclos, en vez de atenuarlos y homogeneizarlos. Hoy, con las lecciones de la crisis, existe cierto consenso sobre la necesidad de impulsar una mayor unión bancaria, que implique centralizar las decisiones de capitalización/quiebra de entidades y avanzar hacia políticas financieras comunes. Pero está aún lejos del grado requerido.

En definitiva, las políticas macro, reflejadas en una mayor expansión monetaria del Banco Central o en un eventual mayor gasto alemán o en un menor ajuste fiscal, no sólo compran tiempo para avanzar en esas cuatro condiciones, sino para impulsar aquellas reformas que eleven el crecimiento potencial y la competitividad de la periferia. Pero por ahora, poco de esto parece estar ocurriendo con la urgencia y magnitud requerida para invalidar el pronóstico de Friedman, el creciente riesgo de desintegración, o las decisiones de Inglaterra, Noruega y Suecia.

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