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¿Estanflación en Uruguay?

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Argentina sufre estanflación. Según los cálculos de las consultoras privadas, la actividad acumula casi un año estancada y la inflación -pese a los controles de precios- se ubica en torno a 25% interanual. Como suele ocurrir, el término estanflación ha cruzado el río y muchos se preguntan si Uruguay seguirá el mismo camino. ¿Es posible que la desaceleración en curso o incluso un hipotético escenario recesivo no moderen la inflación?

Hasta principios de los setenta la respuesta de la ciencia económica a esta pregunta era “no”.  Eventos como el de Argentina hoy o el potencial para Uruguay se los consideraba poco probables, sobre todo después del trabajo de Arthur W. Phillips, con evidencia de casi un siglo para el Reino Unido.

La llamada curva de Phillips sugería una relación inversa entre desempleo e inflación. Se planteaba que, con políticas más expansivas, era posible acelerar el crecimiento y disminuir el desempleo, a cambio de tolerar un poco más de inflación. Y viceversa: un escenario recesivo y de alta desocupación, desencadenaría una moderación en las alzas de precios.

Sin embargo, fue la academia y la propia realidad, las que invalidaron la existencia, en el largo plazo, de esa relación inversa (y estable) entre dichas variables.

Desde la investigación económica, apareció primero la intuición de Milton Friedman, en su famoso discurso de la American Economic Association (1968), y luego el análisis teórico/empírico de Robert Lucas, otro profesor de la Universidad de Chicago y también Premio Nobel de Economía.

Ambos plantearon que ese tradeoff o disyuntiva entre desempleo e inflación sólo podía ocurrir en el corto plazo, por la mayor estabilidad de la oferta agregada, pero condicional a que la meta inflacionaria y la política monetaria fueran creíbles. De esta forma se introducía una variable clave que había sido omitida en los análisis previos: las expectativas. Y además se predecía que, a la larga, la economía convergería a la llamada “tasa natural” de desempleo, independientemente de la inflación y las políticas de demanda. Dicha tasa correspondería al equilibrio de largo plazo en el mercado laboral y estaría determinada por condiciones más estructurales (demográficas, legales, de competencia, etc). Y sin grandes rigideces, la tasa natural sería consistente con el pleno empleo.

Después, hacia fines de los setenta, las realidades de Inglaterra, el propio Estados Unidos y muchos otros países sumaron evidencia a los aportes de Friedman y Lucas. Las autoridades económicas habían usado urbi et orbi políticas expansivas de demanda –fiscales y monetarias- en un intento por mantener el crecimiento económico y atenuar alzas de desempleo, a cambio de aceptar un poco de más inflación. Su éxito de corto plazo –la vigencia transitoria de esa disyuntiva- los envalentonó y el uso de esas políticas se transformó en abuso.

A la larga, sin credibilidad en los objetivos inflacionarios, ni en las políticas, el resultado fue estancamiento de la actividad y elevado desempleo, pero también alta inflación. O sea, muchos países convergieron a un escenario de estanflación.

El Río de la Plata y el resto de América Latina no constituyeron la excepción y ofrecieron innumerables ejemplos en este sentido, sobre todo entre los cincuenta y los ochenta.

Hoy vemos un déjà vu en Argentina por el abuso de la expansión fiscal y monetaria, la inexistencia de una meta creíble de inflación y un conjunto de medidas contrario al impulso de la oferta (crecimiento potencial).

Que la historia se repita también en Uruguay no es, por ahora, el escenario más probable, pero podría serlo dependiendo de cómo evolucionen y se orienten esos determinantes.

Por el lado del crecimiento, en contraste con Argentina, nuestro país parece estar aprovechando mejor su crecimiento potencial y los impulsos aún provenientes desde Brasil y en mayor medida, desde fuera de la región. Las estimaciones sugieren una desaceleración adicional de la economía durante este año, pero ninguna incluye un escenario de estancamiento.

Un hipotético episodio recesivo, por ejemplo en 2014 o más adelante, podría efectivamente ir acompañado de una inflación rebelde e incluso creciente. Ello por cuanto el pasado reciente y los ajustes históricos de Uruguay han llevado a los agentes económicos, ya sea empresarios o trabajadores, a incorporar mayores expectativas de inflación en los procesos de fijación de precios.

Las autoridades, por su parte, sobreponderando otros objetivos o con restricciones políticas, han estado inclinadas a validarlas a través del manejo fiscal, monetario, cambiario y salarial.

Esta coyuntura pone en duda la vigencia, incluso en el corto plazo, de la relación inversa entre desempleo e inflación. Y, por tanto, alerta sobre el mayor riesgo de estanflación.

Para contenerlo se requiere estabilizar y/o moderar las expectativas de inflación. Hacia ahí deberían apuntar las políticas de largo plazo, la próxima Rendición de Cuentas y las señales para las nuevas rondas de negociaciones salariales. Si no fuera así, si la reacción al entorno más adverso fuera con políticas de demanda aún más expansivas, el camino argentino no se ve tan poco probable. La escena 2014, entonces, podría estar dominada por un cuadro de alto desempleo y alta inflación.

  1. julio bellagamba
    abril 18, 2013 en 18:47

    Olesker hoy propuso un aumento de la presión fiscal y una expansión fiscal, vamos inevitablemente hacia una colisión frontal. Aparentemente los economistas del gobierno faltaron a macro y microeconomía

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