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La desagradable aritmética argentina

La “lenta agonía” de Argentina, que ya acumula un tiempo, se aceleró en las últimas semanas y “un desenlace” parece inexorable. Como era previsible, tras las elecciones de octubre, el deterioro adicional involucró señales renovadas de estancamiento, creciente déficit fiscal y una mayor emisión monetaria para financiarlo. Esto último, además de impulsar la inflación, presiona la demanda de divisas y el dólar, todo lo cual refuerza las expectativas de devaluación y consolida este círculo vicioso.

Si bien los comicios trajeron ajustes en el equipo económico, no implicaron cambios de políticas, ni un plan consistente de estabilización, que pudieran romper esta dinámica. Hubo “más de lo mismo”, mientras el entorno externo se ha vuelto menos favorable (para emergentes) y los desequilibrios internos insostenibles.

Parafraseando al inversionista estadounidense Warren Buffet, en lo externo, se está retirando la marea y empezamos a contemplar quienes se bañaban desnudos. Nadie duda que Argentina está “desvestida” para enfrentar el retiro de los estímulos monetarios, las alzas internacionales de tasas de interés, el refortalecimiento global del dólar, la salida de capitales desde emergentes y el recrudecimiento de las dificultades de algunos socios comerciales cercanos (Brasil).

Pero más allá de ese telón de fondo, la crisis argentina es completamente “fatto in casa”.

Por un lado, en lo estructural, tiene que ver con el agotamiento de un modelo basado en la sustitución de importaciones, el proteccionismo, políticas industriales y una gran intervención estatal. Por otro, en lo cíclico, aunque para Argentina ya endémico, con políticas ultraexpansivas en materia monetaria, con tasas reales largamente negativas, y en el ámbito fiscal, con el gasto público volviendo a superar el 40% del Producto Interno Bruto (PIB).

“El problema fue esencialmente fiscal” concluía el economista argentino Mario Teijeiro en 2002 para describir el colapso de la convertibilidad. Ha pasado poco más de una década y la historia vuelve a repetirse. Y como resultado, deja nuevamente en evidencia que no hay régimen monetario/cambiario -ya sea el otrora tipo de cambio fijo, el reciente régimen “administrado” o una eventual flotación plena en el futuro- que resista el endémico exceso de gasto público. Menos aún cuando no hay deuda a la cual recurrir, ni activos estatales para vender.

Hoy, el déficit del gobierno es nuevamente la causa principal de la corrida cambiaria que está enfrentando Argentina. Si bien el desequilibrio efectivo habría cerrado 2013 cerca de 2% del PIB, el déficit genuino –cuando se eliminan diversas transferencias realizadas por el Banco Central- se mantuvo sobre 6% del PIB. La situación estructural es evidentemente peor si se considera que el año pasado la economía aún creció (más de 5% para Indec, 3% según las consultoras) y los precios de algunos granos siguieron en niveles históricamente altos.

Sin gran capacidad de endeudarse, ni de vender activos, el déficit se está cubriendo mayoritariamente con emisión de pesos, los cuales –indeseados por el público- se canalizan vía compra de dólares y alzas de precios. De ahí que el desequilibrio termina financiado con pérdida de reservas e impuesto inflacionario, sólo momentáneamente amortiguados por los controles de capital (“el cepo”) o de precios.

No hay gran ciencia, ni conspiración. Es la desagradable aritmética monetarista (y fiscal), parafraseando a Thomas Sargent y Neil Wallace. Que más temprano que tarde, dado el nivel actual de las reservas, podría llevar a una maxidevaluación.

Para que esta sea efectiva, es decir, para que impulse la actividad, reestablezca la confianza y transforme las salidas en entradas de capitales, se requieren cuatro condiciones.

Primero, es imprescindible un ajuste fiscal para eliminar, al menos parcialmente, la necesidad de monetizar el déficit. Es improbable que ocurra por la vía más eficiente (alzas de impuestos y recortes de gastos), pero probablemente sí termine concretándose a través de una creciente y sorpresiva inflación que irá licuando el presupuesto.

Segundo, un ajuste monetario con la convergencia de las tasas de interés a niveles positivos en términos reales. El Banco Central ha empezado a moverse en esta dirección, pero en forma tímida e insuficiente.

Tercero, un programa de reformas pro crecimiento (por el lado de la oferta), que le devuelva atractivo a los activos argentinos, más allá incluso del abaratamiento en dólares que traería la devaluación. Eso debería acompañarse con la unificación de los mercados cambiarios.

Por último, un programa de asistencia financiera desde el exterior, que contemple acuerdos con organismos multilaterales que provean financiamiento.

¿Irá Argentina por este plan? Hoy parece improbable, pero quizá lo termine adoptando, obligado por las circunstancias. El problema es que –tomando medidas aisladas, cuánto más retrasa el programa integral- más costoso será el ajuste posterior.

Mientras tanto, seguiría consolidándose el escenario cuasi recesivo, con un espiral devaluatorio e inflacionario, cuyos niveles dependerán, en definitiva, de la magnitud del déficit fiscal y velocidad que la gente se desprende de los pesos.

En cambio, hay más certeza de que Argentina emergerá más barata en dólares –no necesariamente más competitiva- en parte como reflejo de su nuevo empobrecimiento relativo. Y de que, en principio, no enfrentaría una crisis financiera como la de 1982 o 2001 (por la jibarización del sistema bancario), ni tampoco un cuadro de hiperinflación (por la mayor pesificación de la economía). Quizá la mejor guía de la Argentina que viene siga siendo Venezuela, pero con mayor conflictividad social.

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