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Gary Becker: un economista revolucionario

Búsqueda (Uruguay), Jueves 8 de mayo

¿Cuáles son los costos de discriminar personas o un grupo de la población? ¿De qué depende el número de hijos de una familia? ¿Qué determina la cantidad de años que se educa una persona? ¿Qué lleva a alguien a delinquir? ¿Por qué deberían legalizarse las drogas?

Hasta mediados del siglo pasado, esas preguntas –cada día más relevantes en el Uruguay actual- eran mayoritariamente abordadas por la sociología, el derecho, la psicología u otras disciplinas, pero muy poco por la economía. Y cuando había alguna aproximación, ésta era sin una gran base teórica o empírica.

El economista Gary Becker, que murió el sábado 3 de mayo a los 83 años, fue pionero en llevar la ciencia económica (y su método) hacia esos temas. Sin abandonar el análisis tradicional de la empresa, el consumidor y los precios, fue aplicando el enfoque económico a los más diversos aspectos del comportamiento humano, dentro y fuera de los mercados. Esto le valió el Premio Nobel de Economía 1992 y otras distinciones. Quizá la más importante haya sido el reconocimiento de sus pares y alumnos, pero sobre todo de algunos destacados profesionales de otras ciencias sociales.

Para muchos fue “el más grande cientista social de la segunda mitad del siglo XX”, como dijo Milton Friedman, su profesor y colega en la Universidad de Chicago. Allí enseñaba Economía, pero también Sociología.

Becker ya fue muy innovador con su tesis doctoral sobre “economía de la discriminación”, luego publicada como su primer libro (1957). En una constante de su carrera, eligió el tema social quizá más candente de la época en Estados Unidos, realizando aportes importantes. Por un lado, innovó con un modelo que explicaba las diferencias salariales entre grupos de la población y que concluía que estas eran menores en mercados competitivos y dinámicos. Por otro, encontró evidencia sobre las pérdidas de competitividad derivadas de la discriminación (y de las políticas que la alentaban). Toda una innovación para una época donde estaba vigente la idea de que eso beneficiaba al empleador, en vez de perjudicarlo.

Luego empezaron sus estudios sobre decisiones en el ámbito de la familia. En “Un Análisis Económico de la Fertilidad” (1957), Becker abordó un tema que hoy preocupa en muchos países por el bajo crecimiento de la población. Incorporó elementos del enfoque de costo-beneficio en la decisión de una pareja de tener un hijo. Y concluyó que el descenso de la fertilidad puede asociarse al aumento del costo de oportunidad de los padres (sobre todo madres) y a las mayores preferencias por calidad, en vez de cantidad (menos hijos, mejor educados). Ambos factores derivan del aumento secular de los salarios reales, lo cual encareció el costo relativo de la formación de los hijos y del tiempo dedicado a ellos.

En su libro “Capital Humano” (1964), además de “fundar” el concepto, Becker evidenció la importancia de la rentabilidad económica (y el riesgo asociado) en la decisión de capacitarse de los individuos. A lo largo de la vida, una persona va acumulando valores, habilidades, conocimientos y experiencia que provienen de la familia, el entorno, la educación formal y el trabajo. Va “invirtiendo en capital humano”, por lo que sus ingresos presentes y esperados quedan concebidos como la remuneración a dicha acumulación.

En 1968, su libro “Crimen y Castigo” revolucionó el análisis de la delincuencia tanto como la obra de Dostoievski lo hizo con la literatura un siglo antes. Fue con una idea simple e intuitiva. Un delincuente también suele hacer un análisis racional de los beneficios y costos de su actividad. Y estos últimos dependen fundamentalmente de la probabilidad de ser capturado y del tamaño del correspondiente castigo. Fue así que estas variables quedaron inexorablemente incorporadas al análisis, sumándose a las más tradicionales (educación, mercado laboral, oportunidades).

En el resto de su carrera académica, Becker no dejó de cruzar fronteras. Fue desde “la economía del matrimonio” y “el hogar como unidad de producción”, que incorporó en su “Tratado sobre la Familia”, hasta “la economía de la inmigración”, la donación de órganos y los determinantes del suicidio.

Por último, durante las últimas décadas, sobresalió públicamente por su fuerte defensa de la legalización de las drogas. Si bien repitió incansablemente que la liberalización estaría lejos de ser la panacea por el daño que causan, fundamentó que se trataba de una política mucho más eficiente que las prohibiciones actuales. La legalización traería menor corrupción y reduciría las ganancias del narcotráfico. Becker propuso acompañar el proceso con un alto impuesto a los productores, lo cual atenuaría el mayor consumo derivado de los menores precios por la liberalización, y generaría recursos para educación y rehabilitación de adictos.

Es indudable que Becker fue un economista revolucionario. No sólo por introducir para siempre el enfoque económico en esos temas y repavimentar el camino (de ida y vuelta) con otras ciencias sociales. También por hacerlo con un enfoque científico y buen respaldo empírico. Pero, sobre todo, por identificar que los análisis de costo-beneficio y el rol de los incentivos están presentes en las mayorías de las conductas humanas. Eso tuvo y seguirá teniendo un gran impacto en el diseño e implementación de políticas públicas. Es para nunca olvidarlo.

  1. marcelo
    mayo 11, 2014 en 08:23

    Sin embargo los economistas de chicago que gobiernan Uruguay exoneran de Irae, y todos los impuestos al productor, es muy probable que estos genios faltaron a esas clases

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