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El ajuste de las materias primas

Algunos eventos de las últimas semanas han reabierto el debate sobre las tendencias y perspectivas para los precios de las materias primas. Primero, las cotizaciones de algunos alimentos registraron fuertes caídas en los mercados internacionales. Destacó el desplome de 25% de los granos durante el último trimestre, con el precio futuro de la soja (mayo 2015) bajo los US$ 400 por tonelada. Esto revirtió la fuerte alza mostrada por el rubro a principios de año y que parecía desalineada del resto de los commodities. Segundo, pese a la reaceleración del crecimiento mundial y el conflicto en Medio Oriente, el petróleo ha tendido a la baja, con el Brent acercándose a los US$ 100 por barril. Por último, en cuanto a metales, si bien rebotaron algo por las mejores cifras de crecimiento de China, siguen en niveles inferiores al cierre de 2013. En particular, el cobre no ha logrado afirmarse sobre los US$ 3,2 por libra. Como resultado, se reinstaló el debate de posibles correcciones adicionales de precios y del fin del superciclo de commodities que ya acumula doce años.

Por un lado, están los optimistas planteando que –más allá de volatilidades puntuales- hay factores estructurales (nuevos) que extenderían las (aún) elevadas cotizaciones por mucho tiempo más.

Por otro, tenemos a los pesimistas que -si bien reconocen la incidencia más permanente de algunos determinantes- advierten sobre la importancia de factores cíclicos que estuvieron presentes en la última década, pero que no necesariamente se van a mantener en la próxima.

Cierto. Una década parecería un período de tiempo lo suficientemente largo para calificar un proceso de estructural, pero la evidencia sugiere que puede ser un mero ciclo.

En efecto, si recurrimos a la historia de 200 años para materias primas, encontramos que un boom de precios parecido al registrado en la última década se había producido en otras cinco oportunidades desde fines del siglo XVIII. En la mayoría de esos casos, los precios de las materias primas se multiplicaron (en promedio) por 2 y 3 veces, y en todos los casos luego se registró una reversión del alza, ya sea en términos nominales y/o reales.

Durante el siglo XIX y hasta principios del XX, con la vigencia del patrón oro, la normalización ocurrió a través de caídas nominales de las cotizaciones. Luego, los últimos ajustes –tras la Segunda Guerra Mundial o en los setenta- también se materializaron vía mayor inflación que elevaron los costos y redujeron los márgenes de los productores.

Con todo, suele sostenerse que este superciclo, el de la última década, es “diferente” y obedeció a condiciones excepcionales que no estuvieron presentes en los bonanzas anteriores. La argumentación enfatiza la incorporación a la demanda de “cientos de millones de consumidores” de países emergentes y la elevada expansión de sus economías, sobre todo de China e India. Pero ese factor parece insuficiente para explicar el boom de precios si consideramos que ya estaba presente en las décadas previas (especialmente la del ’90) sin que se produjera una escalada similar. Por lo demás, ese impulso ya lo resume el crecimiento mundial, el cual –si bien se aceleró en el quinquenio 2003-2007 y en 2010- se devolvió a cerca del promedio histórico en los últimos años.

El otro factor clave ha sido la fuerte depreciación registrada por el dólar a nivel global en la última década. Históricamente esto ha impulsado la inflación y los precios medidos en dólares. Y esta vez no fue la excepción. Medido frente a una canasta mundial de monedas, la divisa estadounidense cayó cerca de 40% entre 2002 y 2012. Es cierto que una parte (menor) de este ajuste parece estructural porque Estados Unidos a la larga crece (algo) menos que el mundo. Sin embargo, la parte más importante fue cíclica debido a la debilidad relativa (transitoria) de la economía norteamericana, sobre todo frente a otros países desarrollados y a los emergentes vulnerables.

De hecho, desde hace casi dos años, esa debilidad se ha ido transformando en fortaleza de Estados Unidos y por ende, el dólar dejó de depreciarse e inició una tendencia moderada (pero sistemática) a la apreciación. Esto está siendo catalizado por la Reserva Federal con las menores compras de bonos y probablemente desde 2015 con alzas de la tasa de interés de corto plazo.

Con el crecimiento mundial en torno al promedio histórico y el refortalecimiento global del dólar, la transición hacia menores precios de materias primas debería consolidarse durante los próximos años.

Si bien una corrección abrupta no puede descartarse -quizás cuando Estados Unidos alcance condiciones monetarias neutrales a mediados del próximo quinquenio- todo apunta a que el ajuste seguiría siendo gradual y volátil, pero persistente. Y también heterogéneo dependiendo de las restricciones puntuales de oferta que los distintos rubros pudieran enfrentar.

En definitiva, en el debate sobre las perspectivas de las cotizaciones de las materias primas, quizás ahora empiecen a validarse las expectativas de los pesimistas. Tanto más, cuanto más avance la década.

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