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Grecia, China y…Uruguay

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Si durante el primer trimestre se consumaron las principales amenazas globales para la economía uruguaya, en el segundo estuvieron lejos de revertirse. Al contrario, se consolidaron. Mientras tanto, internamente, también se afianzaron las tendencias esperadas respecto a la desaceleración adicional de la actividad, el deterioro del mercado laboral y cierta estabilización o atenuación de los desequilibrios. Es verdad que queda medio por año por delante, pero lo que vendría estará muy determinado por todas esas condicionantes.

En lo internacional, ha habido mucha atención en la crisis de Grecia y en su posible -cada vez más probable- salida de la Eurozona. Con razón. Se justifica porque podría afectar la recuperación europea y por esta vía, la actividad mundial, junto con presionar hacia una mayor depreciación del euro.

Pero menos foco se ha puesto en el colapso de la Bolsa de Shanghai que perdió un tercio de su capitalización en un mes. Si bien estas acciones son altamente volátiles y el boom de los meses previos no estaba bien fundamentado, este ajuste podría reflejar un menor crecimiento de China y como consecuencia, menores precios para las materias primas. Esto último podría reforzarse por un escenario de dólar globalmente aún más fuerte, sobre todo frente al yuan.

En el barrio, si bien poco ha cambiado, las perspectivas tienden a ser más negativas, ya sea por el peor entorno extrarregional o por la parálisis para corregir los problemas de fondo. Argentina sigue estancada y en tensa calma a la espera de las elecciones de octubre y Brasil en grave recesión, con riesgo de una mayor depreciación del real.

Todo esto no sólo afianza el “viento en contra”, sino que lo extendería más allá del segundo semestre.

En cuanto a los desarrollos internos, el panorama tiene claroscuros, en línea con lo previsto. Si bien el PIB creció durante el primer trimestre (0,6% respecto al cierre de 2014 y 4% interanual), dicha expansión estuvo mayoritariamente determinada por factores puntuales, que no se mantendrán en el futuro, tales como la producción de Montes del Plata, la extracción de madera asociada y la generación hidroeléctrica.

Así, la expectativa de un crecimiento entre 2% y 3% para 2015 sigue vigente, pero con el balance de riesgos inclinado a la baja.

Junto con el mencionado peor entorno externo, estarán los efectos de la sequía en el sector eléctrico y agropecuario, y sobre todo el menor dinamismo del gasto interno. En esto último incidirán las expectativas menos optimistas de los consumidores y un ajuste adicional de la inversión, tanto privada como pública.

De ahí que tampoco sea esperable una reversión en el deterioro del mercado laboral y que implicó la pérdida interanual de 25 mil empleos a mayo, así como el alza del desempleo a 8,1%.

Con una economía creciendo a menos del 2% (subyacente) y los salarios reales todavía cerca de 2,5%, estos seguirían creciendo sobre la productividad del trabajo y la variable de ajuste continuaría siendo la ocupación. Está el riesgo, además, de la persistencia de un alto desempleo si la participación laboral (tasa de actividad) revierte las recientes caídas y se concreta la aspiración sindical de que remuneraciones se expandan con el PIB.

En cuanto a los desequilibrios, algunos como el déficit fiscal (cerca de 3% del PIB), la inflación (en 8,0-8,5%) y el cambiario (con un dólar que seguiría subiendo sobre la inflación), parecen estabilizados. Que haya mayores avances en este frente dependerá de la coherencia y manejo de las políticas y señales derivadas de próxima Ley de Presupuestos y de los futuros Consejos de Salarios. En tanto, el desbalance en la cuenta corriente ha seguido moderándose, hasta 3,6% del PIB, debido a un menor exceso de gasto privado (baja en inversión). Como consecuencia, ahora es casi enteramente atribuible al déficit fiscal.

Suele decirse que en América Latina los buenos tiempos se asumen como permanentes y los malos como transitorios. Hasta hace un tiempo, quizás hasta mediados de 2013, en Uruguay existía la percepción de que la bonanza no se vería mayormente amenazada. Y que las condiciones excepcionalmente favorables tendrían larga vida. Esa expectativa influyó probablemente en las decisiones de (bajo) ahorro, sobre todo del sector público.

Hoy, tras dos años de señales unánimemente desfavorables, la visión sobre el cambio de ciclo parece internalizada. Sin embargo, aún prevalece una mirada escéptica o incluso optimista sobre la duración de estos “peores tiempos”. Para muchos, incluidos algunos representantes del gobierno, serían transitorios y ya en 2016 la economía estaría reacelerándose.

Con todo, el entorno extrarregional y la situación de nuestros vecinos sugieren mucha más cautela. Es cierto que hay gran incertidumbre y que no pueden hacerse juicios o pronósticos muy categóricos. Pero ante tantas dudas, es preferible ser conservador ya que el costo de equivocarse siendo optimista sería mayor al de errar siendo pesimista. O como reza el proverbio chino “esperar lo mejor, pero prepararse para lo peor”.

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