Mensajes de Kristalina para Uruguay: quién y cómo arriesga
En su visita a Montevideo, la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, dejó algunos mensajes para Uruguay que merecen análisis y evaluación. Junto con exponer sobre el entorno global y Argentina, llamó a proteger la estabilidad económica, pero también a ser más valientes y tomar más riesgos, mirando hacia adelante y sin basar las decisiones en el retrovisor.
Evidentemente, estas declaraciones reflejan las convicciones de Georgieva para consolidar e impulsar la prosperidad de los países, aunque quizá también reflejen sus conversaciones en las horas previas con las autoridades económicas, así como el clamor y las ideas de estas respecto a las necesidades del país. Sin dudas, parecían mensajes destinados al sistema político para encarar reformas de envergadura largamente pendientes y al sector privado para elevar la bajísima tasa de inversión.
De hecho, un día antes, el presidente del Banco Central, Guillermo Tolosa, había planteado las causas y consecuencias del patrón “ultraconservador” de ahorro de los uruguayos, que privilegia depósitos de corto plazo y en dólares, mayoritariamente a la vista y en el banco estatal, e incluso en efectivo (“en el colchón”). Si bien en algunos casos esto buscó cierta diversificación, en general sacrificó rentabilidad sin atenuar el riesgo. Paradoja. Porque los ahorros quedaron sistemáticamente expuestos a la inflación en dólares y desprotegidos frente al aumento de los precios de la canasta de consumo, como escribí en una columna de 2011.
Dicho patrón no solo ha reflejado el temor a un nuevo “cisne negro”, del estilo de las maxidevaluaciones de 1982 o 2002, sino también perspectivas más contingentes e incluso otras de más larga data, de carácter estructural y cultural sobre la aversión al riesgo de los uruguayos.
Sobre el menor riesgo de crisis como aquellas, también me he referido previamente. Para que desaparezcan dichos temores, es necesario consolidar la estabilidad macroeconómica y otras fortalezas desarrolladas, junto con promover mayor educación financiera e instrumentos de inversión en moneda nacional, nominales y en Unidades Indexadas (UI).
La dolarización de los ahorros e incluso las inversiones (de baja rentabilidad) en inmuebles fue básicamente la respuesta al intento de protegerse de la elevada inflación que Uruguay tuvo durante muchas décadas, incluso entre 2004 y 2022, período en el que promedió 8% y siguió en el quintil más alto a nivel mundial. También puede haber respondido al cliché sobre “el gran atraso cambiario” que sistemática y erróneamente se ha transmitido desde diversos ámbitos.
Pero, como ha sido evidente, el dólar ha sido un mal protector contra la inflación uruguaya: solo protege esporádicamente, mientras que la UI protege siempre.
Así, para consolidar y acentuar la desdolarización, no sólo es necesario “proteger la (reciente) estabilidad” en materia de precios, sino profundizarla y perpetuarla con inflación estructuralmente más baja. Eso es tomar riesgos en este frente, Kristalina.
Paralelamente, en términos de la relativa mayor aversión al riesgo de los uruguayos, ya sea en la sociedad civil o en los gobiernos que la representan, los cambios exigen bastante más que llamados voluntaristas.
Históricamente, el país parece exaltar el igualitarismo (en contraste con la igualdad de oportunidades) y desdeñar la riqueza, lo cual -por definición- desestimula la asunción de riesgos dentro de fronteras. Esto puede tener raíces en la colonización católica conservadora o en la influencia laicista francesa del siglo XX, pero probablemente responde más a enfoques educacionales y a señales de las políticas públicas.
Durante mucho tiempo, las iniciativas empresariales y emprendedoras fueron poco estimuladas desde la educación e incluso desalentadas en muchos cursos de varias Facultades, sobre todo en la universidad estatal.
Sobre las políticas públicas me preguntaba en este espacio hace un tiempo cuán determinante habrá sido el desarrollo hacia adentro, la sustitución de importaciones y el Estado dirigista muy permeable a los corporativismos del siglo XX en la predisposición a emprender y tomar riesgos.
Pero sin ir tan lejos, ni centrarse en enfoques tan generales. Tomemos una señal del último tiempo que revela preferencias. Durante las tres décadas de funcionamiento del subsistema de capitalización individual en la seguridad social, los afiliados de las AFAP han estado obligados a invertir sus ahorros en instrumentos locales de renta fija, cuando la teoría y la evidencia sugieren, sobre todo para las generaciones más jóvenes (menores de 50 años), una elevada proporción en renta variable global bien diversificada.
En fin, los agentes económicos responden a incentivos, que incluyen las señales y las acciones de políticas públicas. Si no toman más riesgos para invertir (localmente) en capital humano o físico, es porque no perciben rentabilidades acordes que lo justifiquen. Tampoco es por falta de ahorro para canalizarlo a esos emprendimientos. “La plata está”, pero faltan proyectos con la adecuada relación rentabilidad-riesgo que motiven a canalizarla hacia ellos.
Más que replicar llamados voluntaristas a “respuestas del sector privado”, los gobiernos y el resto del sistema político deben transformar los mensajes de Georgieva en orientaciones y acciones concretas para modificar condiciones estructurales y coyunturales que estimulen la toma de más riesgos. O sea, deben ser los líderes en asumirlos.
