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¿Cómo viene 2015 en Uruguay?

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Ya hemos transitado el primer cuarto de un año clave en el nuevo ciclo de la economía uruguaya. Desde el entorno externo se han ido consumando las principales amenazas previstas. En el ámbito interno, el cierre de 2014 y los indicadores para el primer trimestre han confirmado que la actividad ha seguido creciendo, pero a un ritmo menor y en un contexto de desequilibrios extendidos, aunque estabilizados. Por último, han ido emergiendo las primeras señales de la nueva administración de gobierno, centradas acertadamente en asumir escenarios más realistas. ¿Empeora todo esto las perspectivas económicas para este año? ¿Cómo viene 2015?

El menor impulso extrarregional sigue viniendo del nuevo “escenario normal y mediocre” del mundo, con un crecimiento global inferior al promedio histórico, pese a la recuperación de Estados Unidos y la estabilización de Europa. Se ha confirmado la desaceleración de China y se ve improbable una reactivación estructural de Japón. Adicionalmente, el crecimiento mediocre también es una realidad afianzada en América Latina por un bajo potencial y altas vulnerabilidades. Y por si fuera poco, continúa el riesgo de una salida desordenada de Grecia de la Eurozona, pese a que su impacto estaría más acotado.

Pero más que “la cara real” –aquella implícita en la actividad- la más sombría es “la cara financiera”. Es verdad que cierta debilidad (transitoria) de Estados Unidos y su baja inflación, pueden retrasar en algo el inicio del ajuste de la tasa de interés, pero no parece suficiente para neutralizar la fortaleza global del dólar, el debilitamiento del euro, el consiguiente fin del superciclo de las materias primas y sobre todo, la presión devaluatoria en algunas monedas latinas. Y con eso latente, los flujos de capitales hacia la región seguirán moderándose, incluida la inversión directa.

Todo este menor impulso extrarregional aparece, por lo demás, con riesgo de extenderse más allá de 2015.

En cuanto a los países vecinos, la estanflación sigue siendo el cuadro dominante.

Argentina continúa en la previsible “tensa calma” previa a las elecciones de octubre, postergando los inexorables ajustes y bajo expectativas de mejores políticas a partir de 2016. Para Uruguay implica “más de lo mismo” en cuanto la recesión y los controles cambiarios mantienen deprimidas la demanda por exportaciones y la inversión directa, pero un alivio (transitorio) en términos de presiones cambiarias. Un desimpulso parecido al vigente desde la segunda mitad del año pasado.

La mayor amenaza regional en 2015 sigue siendo un deterioro adicional de Brasil. Y ese escenario parece más probable que una eventual mejora. Al menos en el corto plazo, la economía brasileña ha entrado en un círculo vicioso de contracción de la actividad, alto déficit fiscal, mayor deuda pública, presiones devaluatorias y elevadas tasas de interés que se va retroalimentando. Es un proceso difícil de revertir salvo con una bonanza externa –que no se ve- o un gran programa de reformas que mejore la confianza y las expectativas, que parece improbable dado la renuencia histórica a encararlo y el bajo capital político. Más estanflación con devaluación del real se proyectan para este y el próximo año.

Como ya he planteado en columnas anteriores, Uruguay enfrenta este entorno mejor preparado que en el pasado. Eso valida que la expansión del PIB siga siendo más alta y menos acoplada al de sus vecinos, pero no impide que la desaceleración siga materializándose. Así, el mencionado menor impulso externo y las Cuentas Nacionales entregadas para 2014 tienden a ratificar un crecimiento inferior al potencial (3%) tanto éste como (posiblemente) también el próximo año.

A su vez, los últimos datos laborales, sobre todo de empleo, ya empiezan a acompañar la desaceleración de la actividad. Y ese ajuste podría continuar y extenderse al desempleo sobre todo si tarda la convergencia del crecimiento de los salarios reales a la productividad.

Si bien los principales desequilibrios han tendido a estabilizarse e incluso en algún caso a atenuarse, aún permanecen en niveles que limitan la capacidad de desarrollar políticas contracíclicas y refuerzan el escenario de desaceleración.

Primero, el déficit fiscal –que siguió en febrero en torno a 3,3% del PIB- parece encaminado a cierta moderación adicional por los ajustes en las empresas públicas y una menor expansión del gasto público. La gran duda sigue siendo si la Ley de Presupuestos tenderá a consolidarla.

Segundo, si bien la inflación cayó por debajo de 8% en febrero-marzo, volvería sobre ese nivel en los próximos meses y se ve muy improbable que converja en 18 meses al 5% deseado por el presidente Vázquez. Eso exige un plan integral que no ha estado en la agenda de las primeras semanas de gobierno.

Tercero, el déficit en cuenta corriente -que cerró en 4,6% del PIB en 2014- mantendría la tendencia a la baja debido tanto al menor exceso de gasto privado, como a la citada consolidación fiscal.

Por último, si bien la perspectiva de un dólar sobre $27 a fin de año sigue vigente, las alzas de tipo de cambio real seguirían siendo marginales, dada la deflación externa y los costos internos. Para ganancias más genuinas, Uruguay requiere  acompañar la flexibilidad cambiaria que ahora facilita la flotación y la desdolarización, con menor rigidez salarial y del gasto público. Dicho manejo será clave para dimensionar –más allá de 2015- la magnitud y extensión de la desaceleración productiva y laboral.

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