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El lobo chino

Semanario Búsqueda (Uruguay) y diario Pulso (Chile)

Durante los últimos años las perspectivas económicas de China han sido como el cuento del lobo. Hemos escuchado repetidamente acerca de sus riesgos e incluso sobre una eventual crisis, lo que hasta hoy no se ha concretado. La reciente desaceleración ha reinstalado la gran amenaza del “lobo chino”. ¿Será que ahora sí viene? Algunos de los últimos antecedentes parecen -a primera vista- algo más preocupantes que en el pasado.

Durante el primer trimestre de 2015, China creció a una tasa anualizada de “apenas” 5,3% respecto al cierre de 2014. El menor dinamismo habría sido particularmente relevante en marzo con datos bastante peores a lo esperado en producción industrial, ventas minoristas e inversión fija.

Esto anticipa que la expansión interanual del PIB, que fue de 7% en el primer cuarto del año, caería a cerca de 6,5% en este segundo, e incluso para el año en su conjunto. Así, en la perspectiva del último cuarto de siglo, se trata de cifras solo vistas durante la crisis asiática o en la gran recesión global de 2008-2009. Este aterrizaje sigue determinado por la debilidad de la demanda externa que aún no ha sido compensada por el gasto interno.

Suele decirse que esta desaceleración no debería ser muy preocupante porque, si bien China ya no crece al 9-10% de las décadas previas, ahora lo hace a partir de “una base mucho más grande”. Esto último es cierto y lo refleja bien que su ponderación en el PIB mundial haya subido de 10% en 2005 a 16% en la actualidad. Sin embargo, eso parece insuficiente para evitar el impacto global de la desaceleración, sobre todo en los precios de las materias primas.

Primero, porque la contribución directa de China a la expansión global –la que resulta de multiplicar el crecimiento por su ponderación- cayó medio punto porcentual desde 2007. Eso explica una parte significativa de la disminución en la tasa de crecimiento mundial, que pasó desde 5% a menos de 3,5%.

Segundo, en cuanto a los commodities, si bien China “agrandó” su demanda, no hay que olvidar que también creció la oferta. El ajuste de precios en curso refleja, de algún modo, que los oferentes (productores) extrapolaban las altas tasas de crecimiento que había registrado previamente la demanda.

Pero más allá de este aterrizaje chino, que ya es un hecho, lo relevante es especular si esta vez se profundizará o como en años previos habrá un rebote. La visión de consenso entre los analistas y los precios de los activos tienden a descartar los escenarios más pesimistas. Por un lado, las proyecciones sugieren una aceleración en el crecimiento intertrimestral, aún cuando las cifras interanuales seguirían moderándose. Por otro, la bolsa china ha tenido un gran rally durante el último semestre, con alzas de 100% en las acciones A (sólo transadas por residentes) y casi 50% en las H (abiertas a la inversión internacional).

Hay que tener cuidado, en todo caso, con las señales de este boom bursátil. Por cierto que valida algún rebote de la actividad. Después de todo, ello lo sustenta la caída de los precios de las materias primas y en el consiguiente efecto desinflacionario, que le permite desarrollar políticas más expansivas. El desplome del petróleo y de otros commodities, además de representar una ganancia de términos de intercambio para China, llevó los indicadores de inflación (básica y subyacente) al entorno de 1%, muy por debajo de la nueva meta adoptada por las autoridades (3%).

De ahí que se generó espacio para una mayor expansión monetaria, con inyecciones de liquidez, rebajas de la tasa referencial y de los encajes bancarios, e incluso para una menor apreciación del yuan. También vendría un reimpulso a la inversión pública, en un contexto de canje y mejor manejo de las deudas municipales, con apoyo del gobierno central.

Pero el rally bursátil no da para proyectar un boom de actividad como el de los 2000. 

Primero, porque históricamente la volatilidad de las acciones chinas ha sido altísima, con expectativas que suelen pasar por excesos de pesimismo y optimismo.

Segundo, porque tiene más que ver con factores propios de la reforma financiera que China está propiciando. Esto ha incluido la apertura de la cuenta de capitales, mayores facilidades para la instalación de empresas extranjeras, menores controles gubernamentales de las tasas de interés y una creciente convertibilidad y flexibilidad del yuan.

Tercero, pero lo más relevante, porque China enfrenta desafíos estructurales que hacen improbable (desaconsejable) una expansión muy sobre 7% en los próximos años.

Están, por un lado, las restricciones del crecimiento potencial, asociadas a la baja tasa de natalidad, los problemas de eficiencia en la altísima tasa de inversión y la necesidad que maduren algunas reformas que eleven la productividad. Todo ello sin descuidar la estabilidad macro.

Y están, por otro lado, las limitantes de un crecimiento mundial más bajo durante esta década, la normalización de las condiciones financieras en Estados Unidos y la conciencia de las autoridades de los riesgos, inestabilidades y burbujas que la transición vigente podría acarrear.

En definitiva, si bien no vendría el “lobo chino”, tampoco da para estar tan tranquilos como antes. Al menos, en el corto plazo.

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