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India: ¿mucho ruido y pocas nueces?

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Si usted es usuario de Twitter y sigue a Narendra Modi, primer ministro de India, entonces esta semana recibió un mensaje directo desde su cuenta, con una invitación a revisar sus logros y desafíos, a un año de asumir el gobierno. Si bien ese “balance oficial” es positivo, otras evaluaciones son más bien mixtas e incluso críticas. Pongamos “el año de Modi” en perspectiva.

Como es sabido, en las tres décadas siguientes a su independencia (1947), India tuvo una expansión del PIB relativamente mediocre (3,5%) y escasos avances en la reducción de la pobreza y mejora de otros indicadores sociales. Si bien tenía algunas condiciones pro crecimiento, como la independencia del sistema judicial, la calidad del servicio civil y la calificación de la mano de obra, los determinantes fundamentales estaban ausentes. Era una economía cerrada, autárquica, con una extendida intervención estatal, fuertes controles a la producción privada y muchas restricciones a la inversión extranjera.

Algunas de esas trabas se fueron levantando a partir de las reformas liberalizadoras impulsadas por Manmohan Singh en 1991, cuando asumió como Ministro de Finanzas. Como resultado, la expansión del PIB promedió 7% en los 20 años siguientes, la pobreza cayó desde 45% a 22% de la población, y Singh llegó a ser primer ministro durante dos períodos.

Pero el crecimiento fue gradualmente perdiendo prioridad mientras ganaba terreno la agenda redistributiva. Paradójicamente, eso se acentuó en el segundo mandato de Singh, durante los primeros años de esta década. Como consecuencia, la economía perdió dinamismo, los indicadores sociales se estancaron y los desequilibrios se volvieron crecientes. El déficit fiscal se acercó a 10% del PIB, la inflación a 12% y el desbalance en cuenta corriente subió a 5% del producto.

Este deterioro económico, junto a crecientes denuncias de corrupción, fue clave en el holgado triunfo electoral de Modi sobre Singh. Avalado por su administración previa en el Estado de Gujarat, ganó con promesas de reacelerar el crecimiento económico y mejorar la gestión gubernamental. Y todo eso, combinado con la elevada votación, infló las expectativas internas y externas: la bolsa de Bombay aumentó 35% en 2014 e India casi parecía “la salvación” para el crecimiento mundial.

Sin embargo, sólo una parte (menor) de esas expectativas parece haberse cumplido.

Efectivamente, Modi ha logrado reinstalar la prioridad de ciertas reformas pro crecimiento y una mayor orientación hacia el exterior. Ha habido una insistente invitación a los extranjeros a “fabricar en India” y un intento por diferenciarse positivamente, con el objetivo de atraer capital en tiempos de menores flujos hacia países emergentes.

Para ello, la principal señal ha pasado por reducir ciertas vulnerabilidades. Esto implicó continuar con el ajuste fiscal y monetario que venía del gobierno anterior.

Por un lado, el gasto público ha seguido creciendo por debajo del producto y con ello el déficit consolidado cayó a 7% del PIB. Que el ajuste continúe parece imprescindible para bajar más rápidamente el alto nivel de deuda pública (65% del PIB) y conservar el grado de inversión.

Por otro lado, en el manejo monetario, Modi ratificó a Raghuram Rajan como presidente del Banco Central. El economista, que es respetado mundialmente por haber anticipado la crisis financiera global, ha avanzado en dos frentes.

En lo coyuntural, logró estabilizar la rupia y bajar la inflación a menos de 5%, gracias a alzas oportunas de la tasa de interés y un buen manejo de expectativas. Como resultado, desde el año pasado, ha ido relajando la política monetaria.

En lo estructural, Rajan empezó a impulsar un régimen de Metas de Inflación. Esto parece necesario para institucionalizar el mejor manejo del Banco Central.

Pero más allá de la renovada promoción de India y el énfasis en la estabilidad macro, las dudas sobre la capacidad de mantener un crecimiento en torno a 7% vienen del entorno global menos favorable y sobre todo, de la capacidad para concretar algunas reformas. Modi obtuvo mayoría en la cámara baja del parlamento, pero quedó en minoría en la cámara alta. De ahí el retraso en la aprobación de la llamada “Ley de Adquisición de Tierras”, que liberaliza (“descolectiviza”) las transacciones en dicho mercado, y del “Impuesto sobre Bienes y Servicios”, que es clave para la consolidación fiscal.

A su vez, hasta ahora, casi no ha habido avances en las promesas (expectativas) sobre “gobierno mínimo y gobernanza máxima”, privatizaciones, liberalización laboral, reforma bancaria y desregulación de otros mercados, como bien ha planteado la revista británica The Economist.

Ciertamente no era esperable que hubiera un “big bang” como quizá ingenuamente se pensó, pero tampoco es claro que el “gradualismo progresivo o prudente” -ahora enfatizado- vaya a resultar.

Si se consideraba que India podía salvar el crecimiento del mundo o sus activos serían ganadores, es momento de reevaluar la visión. Parece que ha habido “mucho ruido”, pero hasta ahora “pocas nueces”.

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